La razón poética

No podríamos negar que nuestro modo de filosofar, de pensar al hombre, al ser, a la realidad, tiene sus raíces en Europa, y más precisamente en Grecia, que introdujo en el mundo de las culturas antiguas un nuevo modo de pensar, apartado de la autoridad teológica de los mitos. Nacía el imperio de la razón, que hizo posible la evolución de Occidente hasta los tiempos modernos.

Pero los griegos distinguieron dos modos del conocimiento: el nous y la diánoia. El nous era el conocimiento más profundo y directo, una suerte de visión interior que daba acceso a verdades profundas; era el saber intuitivo, conectado con la vida. La diánoia era una razón segunda, que de aquellas certidumbres extraía otros desarrollos útiles para avanzar en el conocimiento objetivo.

Sabido es, lo señalaron hasta el hartazgo los filósofos “post-modernos”, que el Occidente otorgó primordial desarrollo a la ciencia y la técnica, relegando el saber intuitivo, la sabiduría de los pueblos, que se refugió en las artes, en la literatura, en suma en la poesía.

La filosofía europea hizo una opción racional, conformando un modo de pensamiento diverso de las antiguas culturas, y también de los pueblos primitivos de la tierra. Sin embargo existió siempre una contra-corriente, que no fue considerada como filosófica hasta hace algunas décadas. A fines del siglo Diecinueve, el filólogo y filósofo Friedrich Nietzsche, llevando a su extremo las postulaciones del pensamiento romántico, denunció las aporías del pensamiento occidental, y la insalvable escisión entre el pensamiento científico y la vida concreta. Reclamaba el retorno del sentimiento dionisíaco, el culto de la música, los fueros de la irracionalidad.

A comienzos del siglo Veinte, algunos filósofos empiezan a postular el rescate de esa facultad olvidada, la intuición, ligada a la percepción, la memoria, la afectividad, el sueño, la imaginación, es decir las facultades no racionales, ya estudiadas entonces por las ciencias psicológicas.

Se había considerado que esas facultades psíquicas nada tenían que ver con el conocimiento, y en consecuencia su expresión en las artes -también exiliadas de la relación con la Verdad-  era algo secundario y ornamental. Entre esas corrientes, vitalistas, intuicionistas, unanimistas, adquiere enorme importancia para un nuevo tramo de la filosofía y de las artes una vertiente filosófica nueva  -antigua por sus raíces- : la fenomenología, creada por el judeo-alemán Edmund Husserl, que se convirtió al cristianismo.

Al apartar a la filosofía del Racionalismo puro, Husserl creó una inflexión que permite su vinculación con el arte y las religiones, con las llamadas ciencias del hombre o de la cultura, a las que vino a renovar, y también con la relegada sapiencia de los pueblos. Venía a proponer una filosofía sin supuestos, adversa a la acumulación histórica, atenida exclusivamente a lo dado en la propia experiencia. Aunque no pretenderé desplegar aquí algo parecido a una síntesis de esta corriente filosófica, intentaré el esbozo de su novedosa metodología, que marca una inflexión en el pensamiento occidental y sin lugar a dudas lo aproxima a prácticas orientales. En efecto, la epojé o suspensión del juicio adquirido y del yo preformado -al menos como instancia metódica y temporaria- abre instancias de comprensión que intensifican la esfera senso-perceptiva, el trabajo de la afectividad, la puesta en marcha de la volición y la imaginación e incluso de la reflexividad sobre el acto mismo del comprender.

Por otra parte, del tronco fenomenológico establecido por su creador partieron vertientes que lo han diversificado. Es notable, aunque poco estudiado, comprobar cuánto enriqueció ese nuevo enfoque a las artes europeas en tiempos de las vanguardias, creando relaciones con movimientos como el expresionismo, el Esprit Nouveau y algunos modos del Surrealismo. No es extraño tampoco que ese modo de pensamiento, tendiente a la concretez del hombre y de la vida, haya resurgido después de la Segunda Guerra como filosofía de la Existencia, así como que se haya expandido a espacios considerados “periféricos”, que vieron posibilidades de recuperar, a través de la fenomenología, sus propias tradiciones culturales.

Por supuesto esta filosofía de vocación no-hegeliana -si bien cabe reconocer que Husserl mismo fue recobrando el mundo de la Historia a lo largo de su existencia- no conforma un horizonte absoluto para el hombre, pues éste sigue viviendo en un tiempo histórico y ello demanda responsabilidades éticas. La prioridad de la Fenomenología se liga al Mundo-de-la-Vida, anterior a toda construcción histórica, y es preciso recordar que Fenomenología e Historicidad deben complementarse.

No es extraño que en el desarrollo de esta corriente se haya postulado, por distintas vías, una nueva posibilidad epistemológica, destinada a revolucionar las ciencias del hombre, acercándolas a la poesía y a las antiguas sapiencias. Pudo resurgir, revalidada, la antiquísima razón de los pueblos, enunciada como Razón Poética.

Friedrich Nietzsche fue el primero en nombrar, modernamente, esta modalidad del pensamiento, aunque podemos hallar su antecedente en los filósofos llamados pre-socráticos, en los Padres de la Iglesia, de formación heleno-cristiana, en la filosofía renacentista y en el pensamiento romántico, al que Nietzsche continuó de una forma particular. Pero de modo análogo podríamos encontrar este pensamiento en maestros no occidentales. La lectura de obras sapienciales del Oriente, pongo por caso el Tao, el Libro del I Ching y otros, nos pone en presencia de un pensamiento de opuestos, que se aleja totalmente de la lógica aristotélica.

Nietzsche acusaba a la cultura occidental, a partir de Sócrates y Eurípides, de haber traicionado la riqueza dionisíaca del mundo griego, tomando en cambio el rumbo predominante del racionalismo y la abstracción. Muchos han sido los pensadores europeos y americanos que lo han seguido en esta inclinación, propicia a las artes, a la filosofía de los pueblos, a la poesía. Ya no eran solamente los poetas, haciendo su propia defensa como se estiló desde la Antigüedad en adelante; se continuaba un rumbo iniciado o sugerido por filósofos como Vico y Pascal, adversos al Iluminismo racionalista. Esta nueva manera de filosofar desde la intuición, permitía también un acercamiento a las religiones, las mancias, los ritos, la cultura popular.

El siglo Veinte fue escenario de crímenes y errores terribles, pero también de encuentros cada vez más pronunciados entre las filosofías de Oriente y Occidente. La fenomenología en sus diversas vertientes permitió la recuperación del orfismo y la filosofía presocrática, al cultivo de las facultades no racionales, la aceptación de las sapiencias. Martín Heidegger, el filósofo más importante en esta dirección, hizo un hondo rescate filosófico del poetizar, y habló asimismo de un pensar poetizante.

En España -y esto no es casual- hay un notable grupo de pensadores nutridos inicialmente en la fenomenología alemana y más al fondo en su propia tradición cultural, que han peticionado nuevos criterios para tratar del hombre, la vida y la cultura. José Ortega y Gasset, de notable presencia para los argentinos entre los años 20 y 40, habló de razón vital. Por su parte el vasco Xavier Zubiri se refiere al hombre como inteligencia sentiente, lo cual señala un apartamiento de la filosofía cartesiana.

María Zambrano, discípula de ambos, construyó su propia teoría en relación con el pensamiento de los poetas, y también con las raíces griegas y árabes de su propia cultura. Es una discípula de Louis Massignon, tanto como de Nietzsche, Ortega, Zubiri y Heidegger. En consonancia con la idiosincrasia de su pueblo, habló de una razón poética.

Por su parte el filósofo francés Paul Ricoeur: más ecuánime y aristotélico, ha hablado de la razón entera, dando a esta propuesta un matiz integral, y recordando que no se trataba de proponer un irracionalismo, sino de recobrar los fueros de otras vías de conocimiento, como lo son la afectividad, la percepción, el sueño, la memoria y la imaginación creadora.

También en América podríamos nombrar a varios pensadores que han trabajado en esta dirección. Un ejemplo es el argentino Rodolfo Kusch (1920-1979), formado en la lectura de Nietzsche, Heidegger y Max Scheler, quien habló de una razón seminal, que sería la que desarrollan los pueblos en sus estratos menos ilustrados, más próximos al mundo-de-la-vida, no colonizado aún por la razón científica. En sus obras La seducción de la barbarie, América profunda, Geocultura del hombre americano, etc., expone Kusch esos hallazgos intuitivos del pensamiento popular a los que llama aciertos fundantes, que son incorporados a la cultura y dan la base del lenguaje, la canción folklórica, los refranes o proverbios, en suma el bagaje de sabiduría que cada miembro de la comunidad debe conocer.

Postulaba el maestro y amigo -a quien tuve el privilegio de tratar en los diez años últimos de su vida- que era preciso recobrar el sujeto del filosofar americano, y ese sujeto era el sujeto popular. Además, al estudiar la cultura del indígena o el mestizo del altiplano, trató de hallar en ellos las categorías desde las cuales estudiarlos, lo cual implica asimismo una propuesta epistemológica para las ciencias humanas.

Entiendo que puede asimilarse esa razón seminal, en distinto grado de autoconciencia y elaboración, a la razón poética de que habló María Zambrano, siguiendo a Nietzsche y atendiendo a los poetas. En esa racionalidad ampliada subyacen las semillas, los gérmenes de la comprensión básica del mundo, a la cual la fenomenología llama esfera de la pre-comprensión.

Los poetas recobran esa mirada originaria a través del acto contemplativo, dador de sentido a la realidad, y despliegan la comprensión del acto mismo, así como la reflexión y expresión que le es propia. Un psicoanalista mexicano, Fredo Arias de la Canal, afirma que los poetas, al partir de esa esfera común, hablan un protoidioma, lo cual no deja de tener su dosis de verdad.

Por mi parte he intentado a lo largo de muchos años profundizar en esa mirada del poeta, reconociendo en él, como lo sugiere Bachelard, al primer fenomenólogo. Debe reconocerse que el poeta, en su quehacer, no parte de conceptos ya dados sobre las cosas; su mente se vacía de conceptos cuando se abre contemplativamente a la realidad que lo rodea, a sí mismo o a otros seres, que son manifestaciones del Ser. A partir de esa epojé, pasiva y receptiva en primera instancia, pone en marcha una actividad asociacionista, relacionante y dadora de significación al mundo y a su propia interioridad. Se muestra capaz de captar y asociar imágenes y de arriesgar un camino hacia el sentido de la realidad. Su mirada se convierte en una mirada simbolizante.

Por la actividad poética el universo deja de ser una cosa inerte para convertirse en el marco ineludible de la vida humana, y cargarse de significación. Me he permitido aproximar esa actividad del poeta a la contemplación mística y a la epojé fenomenológica. Como ellas, la vía poética permite al sujeto del poetizar su conexión consigo mismo y con el Todo, hallando un camino de autotransformación. En ese rumbo, el poeta engendra necesariamente una poética, pues es capaz de verse a sí mismo en el acto de crear, y de conocer su instrumento expresivo, la palabra.

En la tradición occidental son los poetas -cultores de distintos géneros literarios, así como de las distintas artes presididas iniciáticamente por la música- los que han atesorado esa riqueza espiritual que ha atemperado o compensado los excesos del pensamiento abstracto, aunque sin impedir el rumbo cosificador de la cultura, su creciente estado de deshumanización.

La mayor crítica de las demasías de la civilización occidental, hoy expandida al mundo en su fase tecno-económica de globalización -no equivalente al deseable universalismo- la han realizado los poetas mismos, anticipándose a filósofos modernos y posmodernos.

La oleada filosófica autodenominada Posmodernidad estuvo compuesta, en las últimas décadas, por lectores y traductores de Nietzsche y Heidegger, que no heredaron su grandeza poética ni su humanismo sustancial. Algunos de ellos, muy difundidos en las universidades latinoamericanas, desembocaron en un nihilismo sin atenuantes, pontificando sobre la muerte del sujeto, la historia y el proyecto humano. Jacques Derrida dio por terminada la era del logos y la voz, frente al avance de una gramatología donde sólo quedaron huellas de huellas, en una etapa terminal. Por su parte Michel Foucault, a cuya obra no deseo restar interés sino situarla, propició la infinita transformación del lenguaje y con él el salto al vacío. Más moderado, Gianni Vattimo habló a favor de un pensamiento débil, construido sobre la muerte de las ideologías: un horizonte conformista regido por el confort y los aparatos electrónicos.

Fuente: La poesía, un pensamiento auroral