La presencia del pueblo de Dios en el gobierno de la Iglesia

comblinDentro de la problemática de la participación del pueblo de Dios en el gobierno de la iglesia hay una cuestión central. Muchos teólogos, observadores y analistas contemporáneos creen que aquí está el nudo del problema actual de la Iglesia y la clave de la solución: LA ELECCIÓN DE LOS OBISPOS.

El nombramiento de los obispos por el papa, sin interferencia de otras personas, es la base del sistema actual de la centralización romana. No habrá cambios relevantes en la Iglesia si no se comienza con un cambio radical en el sistema de nombramiento de los obispos por el papa, es decir, por la administración curial. (P. 236).

En este proceso de nombramiento hay casos embarazosos. Todos conocen ejemplos en este sentido. Algunos de esos casos son tan fuertes que solamente se explican por una voluntad decidida de romper la unidad del episcopado o de romper una tradición episcopal o eclesial en determinada diócesis. Tan claras fueron las arbitrariedades que las heridas provocadas permanecen años después.

Este tipo de nombramiento es contrario a toda la tradición antigua de la Iglesia. La regla siempre fue aquella enunciada por el papa san Celestino I (422-432): “Nadie sea dado como obispo a los que no lo quieren (nullus invitis detur episcopus). Procúrense el deseo y el consenso del clero, del pueblo y de los hombres públicos. Y solamente se elija alguien de otra Iglesia cuando en la ciudad para la cual se busca un obispo no se encuentra nadie que sea digno de ser consagrado (que no creemos pueda suceder)” [1]

Durante 1000 años la Curia romana luchó con el fin de que el papa nombrase a todos los obispos destruyendo todas las costumbres contrarias. Fue una lucha larga y persevante. Hasta mediados del siglo XIX el papa nombraba pocos obispos. Sin embargo, después del Vaticano I la Curia luchó para centralizar en Roma todos los nombramientos episcopales.

El instrumento fundamental de esa lucha fue el Código de Derecho Canónico de 1917, hecho por el Cardenal Gaspari con la colaboración decisiva de don Pacelli, futuro Pío XII, que dedicó sus mejores años a la confección de ese código. El alma del código es el artículo que reserva los nombramientos episcopales al papa, esto es, a la Curia, ya que, el papa no tiene condiciones para apreciar las cualidades de todos los candidatos. Después de 1917 Roma luchó dramáticamente para que el Código fuese aplicado en todos los países. Fue demostrado que lo que motivó el caso trágico del Concordato firmado con Hitler en la Alemania de 1934, fue la voluntad de imponer a la Iglesia alemana el nombramiento de los obispos por Roma. Para conseguir ese fin la Curia hizo acuerdo con Hitler y, de esa manera, desmovilizó a la Iglesia alemana, sacándole todos los medios de combate contra el régimen nazista. Para defender el Código, los católicos alemanes fueron condenados a la sumisión. Por otra parte, decenas de miles de militantes católicos fueron muertos por causa de su militancia, no recibiendo apoyo de la jerarquía condenada al silencio, para ser coherente con el Concordato. Ese fue uno de los dramas provocados por la voluntad de poder de la Curia romana, representada en aquel tiempo por el secretario de Estado Pacelli [2]

La Curia sabe que el nombramiento de los obispos es la base de todo el sistema de centralización. La Curia escoge como obispos a las personas que incondicionalmente se someten a ella y están dispuestas a practicar esa manera de ejercer la función episcopal.

Si los obispos fuesen escogidos por las Iglesias locales, todo cambiaría. Esos obispos se sentirían responsables delante de las Iglesias que los escogieron, serían representantes de su pueblo, con sus defectos y cualidades. Ellos traerían hacia dentro de la Iglesia los problemas del mundo tales como ellos son sentidos localmente, de modo concreto y no abstracto, a través de periódicos y comunicados de prensa. La clave de la aproximación de la Iglesia con el mundo está en el nombramiento de los obispos [3].

La elección de los obispos por las iglesias locales sería inevitablemente un primer paso en la descentralización de los poderes en la iglesia. Es justamente eso lo que la Curia más teme. Por eso la cuestión fundamental para el futuro del pueblo de Dios en la circunstancia actual es el nombramiento de los obispos.

Puede ser que en otras épocas los obispos nombrados por Roma fuesen mejores que los obispos electos localmente ¿Sería éste el caso hoy? Lo que vimos de los nombramiento escandalosos ya constituye una advertencia. Pero lo que nos permite un discernimiento más equilibrado es la observación de los resultados: ¿qué hacen y no hacen los obispos nombrados por Roma? ¿Cuál es, en el momento actual, el sistema de nombramiento episcopal que más responde a las exigencias de los tiempos? Para nosotros el principio es: ¿cuáles serán los obispos más inclinados a defender las causas de los pobres y de los oprimidos, a hacer la opción evangélica por los pequeños y humildes, incluso sacrificando para eso posibilidades de poder o de grandeza temporal?

Ahora bien, a lo largo del último siglo los obispos nombrados por Roma no fueron mejores que los otros. Por el contrario. Citemos, por ejemplo, el trágico caso de Alemania, donde la defensa de los nombramientos episcopales llevó a un desastre: la Iglesia alemana estaba dispuesta a luchar contra el nazismo, pero fue desautorizada por la política romana que quería el poder romano antes de todo. Los primeros obispos nombrados en virtud del Concordato fueron justamente más débiles frente al nazismo. Es lícita la pregunta: ¿Será éste un caso único?

Tomemos, por ejemplo, otro caso proveniente de América Latina. Es verdad que Roma nombró una serie de obispos que más tarde protagonizaron Medellín. Sin embargo, esos obispos fueron combatidos, desautorizados y substituidos por otros, que seguían exactamente el camino inverso. El caso de Recife es ilustrativo, pero también el caso de Sao Paulo, Santiago, Lima, San Salvador. Todos los obispos que constituyeron la generación de los Santos Padres de América Latina fueron reprendidos, advertidos, castigados, desautorizados o simplemente despedidos. Recordemos Riobamba, Cuenca, Puno, Puerto Montt, San Cristóbal de Las Casas, Valdivia, Sao Felix do Araguaia, Mariana, Catanduva, Blumenau para citar algunos casos más notorios.

No falta quien encuentre que, en estos últimos años, Roma intensificó el nombramiento de obispos que son buenos agentes de la centralización romana, buenos administradores según el Código de Derecho Canónico. Su programa es, en el mejor de los casos, administrar, sirviéndose también de un marketing modernizado. Es evidente que aun hay excepciones porque los nuncios pueden errar, como ellos mismo reconocen [4].

En el pasado reciente Roma buscó alianza con todos los gobiernos que se decían católicos, por más opresores que fuesen, y escogió obispos en función de ese criterio. Por ejemplo, la Curia romana hizo alianza con Pinochet. El sistema actual lleva a eso. Son las exigencias diplomáticas: El Estado del Vaticano no puede emitir críticas abiertas contra cualquier régimen junto al cual mantiene una representación diplomática. Y los obispos ¿cómo quedan? Deben quedarse callados para no complicar la diplomacia.

De esto podemos concluir que el sistema actual no ayuda a los pobres; muy por el contrario. En la actualidad la gran preocupación de la Curia romana parece que no son los pobres, pero sí el poder de la Iglesia, poder adquirido especialmente por los acuerdos con gobiernos o con las elites económicas. En Europa ya no importa mucho lo que viene sucediendo, porque todo está consolidado y no va a cambiar más. Pero en el tercer mundo, donde el gobierno es el enemigo mayor de los pobres, eso tiene repercusiones. Se impide que la Iglesia pueda hablar, así como Pacelli impidió que los obispos alemanes hablasen contra el nazismo cuando aún era tiempo.

La administración vaticana no puede desear que sea escuchada la voz de los pobres. Ella quiere la preservación del statu quo eclesial y de la colaboración con los poderes. El sistema de nombramientos procede de ese principio. Una condición para ser obispo es no haber tenido nunca un conflicto con las autoridades, por más opresoras que sean, y tener buenas relaciones con los poderes establecidos, aunque atenten contra todos los derechos humanos.

Claro que si el modo de escoger a los obispos fuese otro, el clero o el pueblo de América Latina podrían errar y escoger obispos incapaces. Sin embargo, dada la situación actual, hay menos probabilidad de que eso pueda acontecer con un nuevo sistema, toda vez que el sistema actual se reveló un desastre. Por esto, la cuestión de las elecciones episcopales es el centro, el punto crucial, el test decisivo que permitirá juzgar desde el inicio el futuro pontificado.

Que no se diga que la Iglesia no es democrática. No se quiere proponer que se haga la elección de los obispos como se hace la elección de los gobernadores. Hay un amplio consenso en reconocer que el método actual de elegir la representación nacional en la sociedad civil no funciona bien y necesita ser corregido. No se trata de introducir en la Iglesia métodos de la sociedad civil que se revelan deficientes, sino de partir de la propia experiencia eclesial.

El obispo de Roma es elegido y no nombrado por el antecesor. ¿Por qué los otros obispos no pueden ser también elegidos? Existen varios métodos de preparación y de realización de una elección. Antes que nada es indispensable que el proceso sea abierto y transparente: el pueblo debe saber cuáles son los candidatos y debe poder presentar candidatos. Antes del nombramiento se pueden hacer sondajes, examinar los méritos de cada candidato. Puede haber también una instancia de electores; así como hay cardenales para el papa, puede haber cardenales en cada diócesis. Finalmente, la elección sería sometida al consenso de la Santa Sede para saber si hay objeciones y para colocar el nuevo obispo electo en la comunión de la colegialidad episcopal [5].

Todas las etapas del proceso deben ser abiertas, claras, sin secretos. El secreto al cual la Curia romana parece tan apegada no combina con la mentalidad de un pueblo ya formado, desarrollado. El secreto es el arma de todas las dictaduras que lo practican y lo defienden con celo. Exigir secreto en la Iglesia es señal de dictadura. El secreto no fue instituido por Jesús. Fue introducido para imitar los métodos de las dictaduras. Por eso otro test que permitirá conocer la orientación del nuevo papa será el test del secreto. (Pág. 241).

Extracto hecho por Juan Subercaseaux

[1] Carta aos bispos de Viena, PL, 50, 434. CF. Una abundante documentación en José I. González Faus, “Ningún obispo impuesto” (San Celestino papa). Las elecciones episcopales en la historia de la Iglesia, Sal Terrae, Santander, 1992. (Pág. 237).
[2] Cf. John Cornwell, O papa de Hitler, pp. 98-104.
[3] Cf. Ghislain Lafont, Imaginer lÉglise Catholique, pp. 217-224. (Pág. 238).
[4] Es verdad que en Brasil ya erró bastante. El país es grande y él no puede saber todo lo que pasa. En los otros países de América Latina la situación es diferente. (Pág. 239).
[5] A modo de ejemplo: Ghislain Lafont, Imaginer l’Église, pp. 217-224; J.-M. R. Tillard, L’Église locale, Cerf, Paris, 1995, pp. 228-241. (Pág. 240).

In: José Comblin, El Pueblo de Dios.