“La indignación,” por José Comblin

Capítulo 7 de EL CAMINO, ensayo sobre El Seguimiento de Jesús

La compasión se vuelve indignación cuando se percibe que el mal existente es resultado del abuso de algunos seres humanos sobre los otros. El mal y el sufrimiento no vienen solamente del mundo material en que nuestro cuerpo está inserto. Está el mal que viene de los hombres. Jesús vio que la causa de muchos males que sufría su pueblo eran provocados por miembros y sobre todo por autoridades de ese mismo pueblo – que en lugar de conducir para la vida, conducían para el sufrimiento y la muerte. La compasión de Jesús se volvió indignación contra los jefes del pueblo que engañaban en lugar de enseñar la verdad. El amor al pueblo se expresa por la indignación.

La indignación de Jesús surge al ver la explotación, la dominación y la humillación del pueblo por los sacerdotes – que era patente en el templo de Jerusalén. Estaba también la explotación hecha por los comerciantes, pero eran sobre todo los sacerdotes los que recibían gratuitamente a casi todos los animales domésticos ofrecidos por el pueblo. Se trataba de un enorme tributo con motivación pseudo religiosa.

Los sacerdotes impusieron al pueblo los sacrificios. Pero Jesús denunció tales sacrificios, supuestamente ofrecidos a Dios. Los profetas ya habían condenado y denunciado los sacri¬ficios: “Pues tú no quieres un sacrificio, y un holocausto no te agrada. Sacrificio a Dios es un espíritu contrito”, dice el Salmista (Sal 50,6-14; 51,18-19). El profeta Amós estaba indignado con los sacrificios ofrecidos en el templo: “Detesto, desprecio vuestras peregrinaciones, no puedo soportar vuestras asambleas; cuando me ofrecéis holocaustos, en vuestras ofrendas no hay nada que me agrade; de vuestro sacrificio de animales cebados, aparto el rostro; aparto de mí el alarido de tus cánticos, el toque de tus arpas no puedo ni oírlo”(Am 5,21-24).

La indignación de Jesús tiene también por objeto las imposiciones morales que hacen que el fardo que – sobre todo los doctores y fariseos – imponen sobre los hombros de los pobres sea pesado. Esos doctores y fariseos “atan fardos pesados y los ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos mismos ni con un dedo se disponen a moverlos” (Mt 23,4). El capítulo 23 de Mateo con¬tiene una colección de expresiones de indignación de Jesús contra las prácticas de dominación de los jefes de la nación. Es una protesta vehemente. Es la indignación que procede del amor al pueblo. La indignación se vuelve todavía mayor cuando es provocada por los jefes religiosos, que tenían como misión enseñar las verdades y practicar la misericordia.

Fue con esa indignación que, en el 4° domingo de Adviento de 1511, en nombre de toda la comunidad dominicana, el fraile dominicano Antonio Montesinos pronunció el famoso sermón en el que denunciaba los crímenes cometidos por los conquistadores y dueños de esclavos españoles. Fue un sermón pronunciado en la presencia de las principales autoridades del país, y terminaba con una sentencia de excomunión contra todos los que no liberasen a sus esclavos. Los frailes fueron duramente castigados tanto por las autoridades civiles como por las autoridades religiosas. Fueron deportados a España y encarcelados. Pagaron duramente por el resto de su vida el crimen de haber protestado contra el genocidio practicado en nombre del rey de España, esto es, en nombre del Papa que le había otorgado todas esas tierras con sus habitantes.

¿Cómo no evocar la memoria de Bartolomé de Las Casas, conquistador convertido que se hizo dominico y misionero en el actual Sur de México y en la hoy llamada América Central? Las Casas fue hecho obispo de Chiapas, pero los propietarios lo expulsaron después de algunos meses y lo llevaron de vuelta a España. Incansablemente – en América, en presencia de la corte de España y en los libros que escribió -, condenó los crímenes cometidos por los conquistadores, proclamó la injusticia de la conquista y defendió la causa de los indígenas durante 50 años. Sólo consiguió que fuesen aprobados algunos decretos más favorables a los indios, pero que nunca fueron aplicados – y la matanza de los indios continuó durante siglos. Continuó porque fueron nombrados obispos de confianza de la corte, que no levantaron la voz, y ordenados sacerdotes que cerraron los ojos a lo que estaba sucediendo – en cuanto a los frailes fueron condenados a permanecer en sus conventos.

Faltó el grito de la indignación y el amor a los indios durante siglos. Ese amor resucitó en la vida de dom Leónidas Proaño – obispo de Riobamba, en el Ecuador, de 1954 a 1985. Su vida entera, minuto por minuto, estuvo dedicada a los indios que formaban el 80% de la población de la diócesis y eran cruelmente maltratados, robados, aplastados por las clases dirigentes de la región. Varios testimonios afirman que poco antes de morir, cuando ya estaba expresando los últimos pensamientos que lo perseguían, él dijo: “Tengo una convicción: que la Iglesia es la única responsable por el peso que, por siglos, sufrieron los indios. ¡Qué dolor! Estoy quebrantado con ese peso secular”. Esas fueron sus últimas palabras, pronunciadas en el día 27 de agosto de 1988, a las 3h20 de la mañana30. De alguna manera, con esas palabras, él decía lo que había sido el motor de todo su ministerio episcopal. Esa indignación fue el impulso que lo llevó a defender los derechos de los indígenas durante más de 30 años. En ningún momento de su vida, esa obligación de hablar y obrar para defender a los indios lo abandonó. Era poco expresivo, muy reservado, más tímido que atrevido, pero siempre dispuesto a entrar inmediatamente en la discusión, a partir del momento en que un indio estuviese siendo maltratado.

Cuando investigamos la causa por la que tantas veces las autoridades de la Iglesia se habían callado, dando cobertura al exterminio de los indios y la esclavitud de los negros, descubrimos que fue la falta de amor. Había cierta compasión de sentimientos y de palabras, pero solamente un gran amor hace que una persona levante la voz y se haga defensor del otro humillado, oprimido, rechazado, enfrentando a la sociedad entera, con las autoridades todas – también las religiosas.

Jesús fue el defensor de su pueblo. Así lo muestran los evangelios sinópticos y el evangelio de Juan condensa en esa imagen del defensor toda su actuación. El cuarto evangelio fue compuesto en un esquema de juicio. Desde el comienzo los jefes del pueblo, sacerdotes, doctores y fariseos se sienten atacados por Jesús y lo denuncian. Quieren condenarlo, persiguiéndolo hasta que, finalmente, consiguen una condena pronunciada por Pilatos. Durante todo el ministerio de Jesús lo seguirán, lo provocarán, procurarán hacer que caiga en palabras , o en conductas pecaminosas. Lo consideraban un pecador y querían matarlo por ser pecador – porque no se sometía a su sistema religioso.

“Ustedes procuran matarme porque les dije la verdad que oí de Dios… Pero ustedes hacen las obras de su padre… Ustedes tienen por padre al Diablo, y quieren realizar los malos deseos de su padre. Desde el comienzo, es asesino de hombres; no ha permanecido en la verdad porque en él no hay verdad. Cuando habla, de él brota la mentira, porque es mentiroso y padre de toda mentira. Yo en cambio, les hablo la verdad y ustedes no me creen” (Jn 8, 37-44).

Jesús es condenado porque dice la verdad. Se trata de la verdad sobre el verdadero Dios y la verdadera religión, que condena todo aquello que los jefes religiosos quieren imponer al pueblo. Jesús denuncia el sistema de mentiras que los jefes religiosos quieren imponer. Ese sistema no lleva a la vida, sino a la muerte. Quieren matar a Jesús porque sienten que la verdad los condena. Jesús da testimonio de sí mismo, pero ellos no lo aceptan y le preparan la muerte.

Jesús es acusado porque defiende al pueblo contra la mala administración de las autoridades. Defiende su actuación porque es la verdad. El no engaña, como hacen aquellas autoridades, sino que dice la verdad al pueblo y por eso será condenado. Una vez que sepa la verdad, el pueblo no seguirá más esos falsos pastores.

Jesús fue muerto y resucitó, pero no recomenzó su vida aquí. Envió a un segundo defensor, un segundo abogado para anunciar la verdad y para defender a los discípulos en el juicio que hacen contra ellos (cf. Jo 16,7-15). Ellos también serán condenados por causa de la verdad, esa verdad que los aparta de los falsos pastores.

Como defensor, Jesús habla con indignación. Jesús está indig¬nado porque esos falsos pastores engañan al pueblo y lo llevan a la muerte en lugar de la vida. En esa indignación está el gran amor de Jesús hacia el pueblo.

La misma indignación se expresó en la voz de dom Oscar Romero, defensor de su pueblo masacrado. Vale la pena recordar las últimas palabras da su última homilía pronunciada el día 23 de marzo de 1980. En estas palabras la indignación alcanzó su punto culminante – siendo también la causa inmediata de su muerte:
” Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército y, en concreto, a las Bases de la Guardia Nacional, de la Policía, y de los Cuarteles; son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos, y ante una orden de matar, que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: ‘no matar’. Ningún soldado está obligado a obe¬decer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre.. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cesen la represión!”31

Gracias a Dios, a partir de los años 50, culminando en Medellín y Puebla, hubo en América Latina una generación de Santos Padres que levantaron la voz, movidos por una indignación a la altura de los discípulos de Jesús, y su voz fue multiplicada por millares de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. La Iglesia, gracias a ellos, no quedó callada. Hubo también autoridades de la Iglesia que hicieron que el amor fuese más fuerte que la rutina burocrática – que volvió a la Iglesia prisionera de si misma durante tantos siglos.

¿Cómo explicar que, con D. Vital y D. Macedo, la Iglesia haya levantado la voz con tanta fuerza contra la presencia de masones en algunas hermandades, y nadie levantó la voz para de¬nunciar la esclavitud? ¿No era mucho más grave a los ojos de Dios la esclavitud de millones de negros que la presencia de algunos masones en algunas hermandades? ¿Dónde estaba la indig¬nación? Se había perdido, muy lejos de la realidad. ¿Jesús habría dado más importancia a la presencia de algunos samaritanos, en el grupo que lo acompañaba, o a la mentira diaria y constan¬te de las autoridades del sistema religioso del templo? Es necesario saber escoger la propia indignación. ¿La indignación de D. Vital estaba inspirada por el amor al pueblo brasileño, o por el apego a la institución católica, la institución de las hermandades y al derecho canónico? ¿Dónde estaba el amor? No cualquier indignación procede del amor, sino aquella que defiende a los pobres, oprimidos, engañados, conducidos a la perdición.

La indignación no se limita al sentimiento, a las palabras o a los gestos. Ella es activa y verdadera cuando asume la defensa de los oprimidos – no permaneciendo inerte, sin reacción. Sin embargo, la indignación fácilmente queda callada cuando aparecen las autoridades o la policía con sus amenazas. Muchos, que normalmente “hablaban fuerte”, de repente quedan callados. La ver¬dadera indignación, inspirada por el amor, defiende al débil. Enfrenta la opresión, denuncia y se opone por todos los medios de que dispone.

Frente a cualquier problema, los ricos contratan buenos abogados que saben como “interpretar mejor” la ley y convencer a los jueces. Defender a un pobre es casi siempre predisponerse a perder la causa. Es muy raro que los pobres encuentren defensores. Jesús toma la defensa de los pobres que los doctores condenan como pecadores. Defiende a la mujer adúltera, a los samaritanos tenidos como herejes, a la mujer pagana que se aproxima a él y lo toca y a los discípulos que recogen espigas en día de sábado porque tienen hambre. En cada caso hay una manifestación de condena global hecha al pueblo: para las élites el pueblo siempre es sospechoso de ser malhechor o mal intencionado. Jesús lo defiende de antemano y no condena a nadie. Rompe con la lógica del sistema do¬minante y su indignación es consecuente.

Jesús no quiere solamente defender derechos particulares, sino cambiar el sistema que lleva a la condena de tantas personas inocentes porque son pobres y débiles. La indignación tiene por objeto el sistema y procura defender al pueblo contra el sistema. El amor enfrenta no solamente los males individuales, sino también el conjunto del sistema.

Por otro parte, no basta indignarse contra el sistema. Es también necesario entrar en los casos particulares, indignarse frente a determinada persona y asumir la defensa del oprimido real e concreto. De otro modo, la indignación puede fácilmente volverse retórica y sin efecto. Hay un proverbio que dice: “Quien no es socialista a los 20 años, muestra que no tiene corazón; quien todavía es socialista a los 40, muestra que no tiene cabeza”. Así sucede muchas veces. En el comienzo de la vida, cuando todavía no aparecieron los problemas de la lucha para mantenerse, es fácil la in¬dignación. Pero permanecer en la indignación exige un amor muy fuerte, que no procede de las ideas o de los sentimientos, sino de un compromiso con personas concretas. El proverbio enseña que el amor es una debilidad de la juventud y que para los adultos solamente vale el dinero. Esa es una expresión de sabiduría popular bien amarga.

Traducción de Juan Subercaseaux A. del libro: “ O Caminho, ensaio sobre o seguimento de Jesús”=El Camino, ensayo sobre el seguimiento de Jesús, por José Comblin, Editorial Paulus 2004,Sao Paulo,

Transcriptor: Enrique Orellana F.

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