La fuerza del presente

Hay algo más. Hay otra cosa. Una fuerza que nos permite enfrentar toda situación que se presente, y resolverla favorablemente. Recuperar el niño que fui es volver a esta sensación de confianza, de tranquilidad y paz.

Esta sensación es una certeza. Cuando yo era niño, sabía sin dudas, que todo era bueno. No había mal. No necesitaba vivir con miedo. Yo vuelvo a este estado en la medida en que me permito registrar el presente como un tiempo seguro. La memoria guarda esta sensación, este sentimiento.

Cultivo la lectura, la pintura, disfruto de la música, de los paisajes, de la belleza femenina y las flores. La poesía me devuelve esa sensación original sin igual. Entonces ya la muerte no asusta, desaparece del horizonte.

Lo que queda la certeza de estar en un tiempo eterno y continuo en el que todo lo que viví y vivo de bueno, estará siempre presente. El recuerdo de mi madre, de mis abuelas y abuelos, mis tíos, los viajes, los amigos y amigas, los cuadros que pinté y que vi, los ríos y mares, las montañas, las canciones, las esperanzas y sueños, el amor, todo está aquí y seguirá siempre aquí.

Los cuadernos y papeles, los colores, perpetúan la vida que viví con mis hermanos en la casa de mis padres, los juegos en el patio, el trompo azul y rojo, el mecano, las chicas del barrio, y ya los tiempos se van integrando.

Me meto en esa rendija que debe ser la que nos conecta con el todo. Una respiración, un suspiro, un relajamiento. Los rostros y las voces que vi y escuché esta mañana en la UFPB. El viento que ahora a la noche me refresca. Las luces alrededor. Las palabras que se van callando y guardando hasta volver una y otra vez. Como los colores. Como el día. Como todo, que va y viene.

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