La eternidad como ciencia y experiencia del poeta

Los poetas hablan de la eternidad. Recuerdan, perciben, proponen o anuncian la dimensión de lo eterno, en contraste con lo temporal y fugaz de la vida. Hasta podría decirse que, sustancialmente, no hablan de otra cosa. En esta preocupación se aproximan a tradiciones filosóficas y religiosas que discurren en la misma dirección. Desarrollan una ciencia de lo eterno, que se vuelca en formas singulares de la expresión.

Además de acercarse a este horizonte metafísico, el poeta vive de algún modo la experiencia de la eternidad. No hay en él solamente un conocimiento intelectual o especulativo, sino una experiencia de ruptura del tiempo, que se da de diversos modos. Algunos de ellos son los siguientes: a) por la presentificación del pasado, que al ser plenamente revivido es sentido como una victoria sobre el tiempo; b) por la profundización del instante, percibido como acceso a la intemporalidad, la belleza y el ser; c) por la experiencia amorosa, que es experimentada en ciertos casos, como salida del tiempo; d) a través de la expresión misma, ya que la palabra poética, tradicionalmente próxima a la música, adquiere pautas rítmicas que estructuran el devenir del sonido y de la palabra generando un sentimiento de intemporalidad.

 

1.- La experiencia de la eternidad como clave del poetizar.

Quiero la eternidad,

como una paloma entre las manos.

Vicente Huidobro

 

El poeta es un hombre, acaso un tipo humano, singularmente predispuesto para las funciones que se relacionan específicamente con el poetizar: sentir, contemplar, imaginar, soñar, reflexionar, expresar.

El poeta hace suyas las tres modalidades o existenciarios que caracterizan según Heidegger el estar en el mundo: la afectividad –que admite una relación con la vida contemplativa– la comprensión y el discurso. Logra verbalizar de un modo propio su particular experiencia del mundo y de sí, experiencia que pese a su singularidad se muestra universal, aunque no uniforme. Su morar en lo abierto lo hace pasible de desnudar su ser esencial, experimentando dimensiones desconocidas o infrecuentes en el Ser-ahí.

La primera mirada del poeta sobre su realidad existencial trae inexorablemente la constatación de la propia finitud, y por lo tanto de una radical indigencia y precariedad de la vida humana, y de toda vida natural. El poeta, lector y admirador del universo al que pertenece, llora el tiempo que transcurre, la entropía que destruye implacablemente las cosas, el hábitat, su propio cuerpo.

Sin embargo, el poetizar, en tanto se presenta como una vía receptiva y activa de conocimiento, parece posibilitar el acceso a otra dimensión del hombre. A través de la contemplación, la meditación y la expresión que conforman el quehacer del poeta, lo vemos repetidamente, tanto en tiempos antiguos como en los actuales, intuir su inmortalidad y proclamar su pertenencia a otro reino. Esta orientación, explicable en etapas arcaicas o tradicionales, que proporcionaban un marco cultural propicio y acorde a ella, sigue siendo vigente en los poetas de la modernidad, y aún en nuestros contemporáneos más jóvenes, inmersos en esa atmósfera que ha sido caracterizada como “desencantamiento del mundo”.

En ciertos poetas occidentales modernos se presenta de modo llamativo la experiencia de eternidad, e incluso el reconocimiento de una revelación religiosa, ya se trate de una tradición próxima, tempranamente frecuentada y abandonada después, o de modos de creencia más alejados como el gnosticismo y las sapiencias orientales, asimilados por un trabajo intelectual. Pongamos por caso, para no ir más atrás del siglo Veinte, obras como las Elegías de Duino de Rainer María Rilke, compuestas en 1911 y sólo terminadas diez años más tarde, luego de una conmoción espiritual que desencadenó a un tiempo su conclusión y la creación de los Sonetos a Orfeo, tal como lo ha profundizado ejemplarmente Héctor D. Mandrioni. El pathos interrogante y angustioso del inicio de las Elegías -y recordemos que el nombre de elegía significa llanto, lamentación- fue transformado por la experiencia de la eternidad y ello determinó el mensaje de salvación que el poeta checo dirige a la humanidad. Por otra parte, llega a cumplirse de este modo la rigurosa práctica del género lírico de la elegía, que en la Antigüedad constaba de dos partes, el llanto o lamentación, y la consolación espiritual. En cuanto a los Sonetos, es elocuente el cambio formal que va del largo versículo de las Elegías al ritmo y la métrica del soneto, creación de la poética mediterránea, en consonancia con un mensaje redencionista que proviene del orfismo y se afirma en el Evangelio.

Pasando a los poetas de habla hispana, señalaré que en el argentino Jorge Luis Borges aparece con fuerza el tema de la eternidad, ya sea como preocupación intelectual o como experiencia que en su caso será transmitida de modo oblicuo. Para el joven Borges, la irracionalidad del Tiempo pone a prueba la facultad racional, generando aporías insalvables. El sentimiento de la finitud, la muerte de amigos y contemporáneos, la destrucción de la materia e incluso la condición huidiza del pasado, no parecen abarcables por el pensamiento que piensa el Ser y la inmutabilidad de las esencias. Los cuentos y ensayos de Borges especulan sobre la refutación del tiempo, de una manera siempre conjetural y dubitativa.

Leopoldo Marechal -que decía haber compartido con Borges y Bernárdez experiencias y discusiones sobre el tema en los claustros de La Merced- tuvo un modo más clásico de afrontar la cuestión, y llegó a proclamarse el Matador de la Elegía. En su novela Adán Buenosayres, más precisamente en su Sexto Libro titulado Cuaderno de tapas azules, despliega en forma de relato un breve compendio teológico. Al hacer el racconto de un amor juvenil, declara abiertamente que es necesario dar muerte a la persona amada, reintegrándola a la eternidad, a la cual pertenece.

Por su parte Ricardo E. Molinari, con quien completamos brevemente la trilogía de los grandes poetas de su generación, es un elegíaco que llora al tiempo desde el destierro, considerando a la Eternidad como el reino perdido y casi inalcanzable.

En la Argentina es el grupo del Cuarenta -uno de los pocos que merece la consideración generacional por su cohesión, orientación cultural y convicciones filosóficas comunes- el que prolonga y despliega, en máximo grado, tanto la lamentación por el tiempo que huye como esa que hemos llamado “experiencia de eternidad”. Quedan como ejemplo las obras de Eduardo Jorge Bosco, Miguel Ángel Gómez, Olga Orozco, Alfonso Sola González. Parecería que los poetas surgidos con posterioridad a esta generación hubieran ignorado la consideración metafísica del hombre, y esa experiencia de lo eterno, pero una mirada más atenta puede constatar, más allá de programáticas adversas, la esporádica reaparición del sentimiento de eternidad en poetas argentinos y latinoamericanos de las últimas décadas.

 

  1. La eternidad en el poema Altazor de Vicente Huidobro.

En la necesidad de tomar un claro ejemplo del lúcido reconocimiento del poeta ante la experiencia de la eternidad, tomaré la obra Altazor del chileno Vicente Huidobro. Recordaré que Vicente Huidobro (1893-1948) -quien disputó con Pierre Réverdy la paternidad del movimiento creacionista, una de las variantes de la Vanguardia artística surgidas en la segunda década del siglo XX- había iniciado en 1914 su actividad poética y teórica, que lo convirtió en defensor de la libertad imaginaria. Non serviam proclamaba uno de sus célebres manifiestos, viendo llegada la hora en que el poeta debía independizarse de la naturaleza y entregarse a una dinámica de libre invención. Si menciono estos aspectos es solamente para encuadrar en debida forma el poema a que haré referencia, y señalar el giro que el mismo representa en la trayectoria del poeta.

En 1931 Huidobro publica en España el poema Altazor o el viaje en paracaídas. Se trata de un poema extenso, articulado en un Prefacio y siete cantos, y muestra en el itinerario del autor una nueva faceta a la que bien podemos denominar hermenéutica, pues nace del distanciamiento y examen de su propia posición, y produce la objetivación de sí en un personaje alegórico: Altazor, alto azor, al que llama así por ser un pájaro fulminado por la altura. Con ello no hace sino recrear el mito de Ícaro, despojándolo de las connotaciones morales que le adjudicó la Ilustración, y retomándolo en su prístina significación metafísica.

Huidobro se asume como Ícaro, más aún da a entender que considera a todo hombre como predestinado a encarnar esa aventura. De ella desciende el aeronauta con las alas fulminadas, pero no derrotado sino consciente y gozoso de haber descubierto su propia esencia y destino. Se trata de un momento de reanudación de la tradición simbólica y hasta podría interpretarse como refutación de las primeras tesis y manifiestos de Huidobro, al menos en su pretensión absoluta.

El Prefacio que enmarca al poema glosa aspectos del Génesis bíblico, da la palabra a Dios Creador y luego a la Virgen, en figura poco tradicional, como protectora del poeta. Es esta, ciertamente, una figura más propia de los trovadores medievales que del desafiante poeta creacionista.

A continuación inserto a título de ejemplo algunas líneas de los Cantos IV y V del poema, que expresan metafóricamente la experiencia de la eternidad, a la cual se halla dedicado todo el poema. La elección de los versos ha sido hecha para esta lectura en función de su mayor comunicabilidad desde el punto de vista lógico-racional, pero no porque pensemos que la totalidad de los versos, en su conjunto, carezcan de significación y comunicabilidad. Sigo en esto el ejemplo de Hans-Georg Gadamer en su lectura de Paul Celan, y por supuesto la de Heidegger acerca de Hölderin. Debe advertirse que se trata de una escritura eminentemente subjetiva, tendiente a mostrar estados de conciencia y no meramente objetos configurados ante los sentidos. Son frecuentes las asociaciones fónicas, y las anáforas, frases que se repiten y sirven de arranque a nuevas tiradas de versos.

 

Canto IV

No hay tiempo que perder

Enfermera de sombras y distancias

Yo vuelvo a ti huyendo del reino incalculable

De ángeles prohibidos por el amanecer

…………………………

Tu sueño se dormirá en mis manos

Marcado de la línea de mi destino inseparable

En el pecho de un mismo pájaro

Que se consume en el fuego de su canto

De su canto llorando el tiempo

Porque se escurre entre los dedos

………………………………….

No hay tiempo que perder

A la hora del cuerpo en el naufragio ambiguo

Yo mido paso a paso el infinito.

…………………………

Más allá del último horizonte

Se verá lo que hay que ver

 

Anuncia Huidobro, sin solemnidad alguna, un horizonte ulterior al horizonte de la tierra, y esta frase, que se reitera al final del Canto, da origen a una letanía de imágenes que giran alrededor del ojo, como después alrededor de otros motivos: la golondrina, el horizonte, el ruiseñor, etc. Exclama:

 

Levántate alegría

Y pasa de poco en poco la aguja de tus sedas…

………………

Préstame mujer tus ojos de verano

Noche, préstame tu mujer con pantorrillas de florero de amapolas jóvenes

 

Inscribe el poeta series metafóricas que expresan la alegría del ánimo, son imágenes de valor netamente subjetivo que prolongan en el goce del lenguaje el goce del aeronauta que ha vencido al tiempo.

La prudencia lleva los falsos extravíos de la locura naciente

Que ignora completamente las satisfacciones de la moderación…

No hay tiempo que perder

Para hablar de la clausura de la tierra y la llegada del día.

…….

Todo esto es hermoso como mirar el amor de los gorriones

Tres horas después del atentado celeste.

El vivir con lenguaje de pájaro

Nos habla largo, largo como un sendero…

………………….

La noche, lejos, tan lejos que parece una muerta que se llevan…

Adiós hay que decir adiós

Adiós hay que decir a Dios

Entonces el huracán destruido por la luz de la lengua

Se deshace en arpegios circulares…

……..

La experiencia de la eternidad se manifiesta en el poema de Huidobro como presente, pero también como anuncio de un tiempo transhistórico para la humanidad.

……….

Ciego sería el que llorara

Las tinieblas del féretro sin límites

Llegado a este punto el poeta hace una enumeración de difuntos por su primer nombre, como si estuviera leyendo sus epitafios en el cementerio. Ellos, Antonio, Teresa, Juan, han sido llamados a la eternidad desde sus tumbas.

Y advierte:

….

La eternidad quiere vencer

Y por lo tanto no hay tiempo que perder

Ah, entonces,

Más allá del último horizonte

Se verá lo que hay que ver

La ciudad

debajo de las luces y las ropas colgadas

El jugador aéreo

Desnudo

Frágil

La noche al fondo del océano

Tierra ahogada

 

La muerte ciega

                y su esplendor

y el sonido y el sonido

Espacio la lumbrera

                              A estribor

                             Adormecido

La cruz

             en la luz

La tierra y su cielo

El cielo y su tierra

Selva noche

Y ríos día por el universo

El pájaro tralalí canta en las ramas de mi cerebro.

porque encontró la clave del eterfinifrete

rotundo por el unipacio y el espaverso

Uiu, Gigi

Tralalí trlalá

Aia ai ai aaia i i

 

(Fin del Canto IV)

Comienza el canto V con la frase:

Aquí comienza el campo inexplorado

……….

hay un espacio despoblado

que es preciso poblar…

……….

Conoces tú la fuente milagrosa

que devuelve a la vida los náufragos de

                                                antaño?

Huidobro va a parodiar aquella célebre canción de Goethe, como después textos de Espronceda y de otros poetas. Es como si todos esos poemas empezaran a decir por fin su verdad desde la mirada del poeta aeronauta que los redescubre.

El arco iris, la rosa, el mar, la estrella, vuelven a brillar en esta atmósfera del héroe redimido, que vive el regreso del hijo pródigo a su origen.

 

Viento que estás pensando en la rosa

                                              del mar

yo te espero de pie al final de esta línea

……….

detrás del águila postrera cantaba el cantador.

Constantemente, Huidobro se visualiza a sí mismo pleno de destino, reintegrado a un universo significante y pleno.

Creceré cuando crezca la ciudad

…….……….

Entonces en el cementerio sellado

y hermoso como un eclipse

la rosa rompe sus lazos y florece al reverso de la muerte

………..

se abre la tumba y al fondo se ve

     un rebaño perdido en la montaña

La pastora con su capa de viento al lado de la noche

cuenta las pisadas de Dios en el espacio

y se canta a sí misma

………..

El canto se hace pródigo en enumeraciones metafóricas, citas, parodias, jitanjáforas (versos de pura sonoridad), asociaciones fonéticas, juegos de palabras, autoalusiones.

¿En dónde está el arquero de los meteoros?

El arquero arcaico

bajo la arcada eterna el arquero del arcano con su violín violeta

………………………………………………………………………

Ahora que un caballo empieza a subir

           galopando por el arcoiris

Ahora la mirada descarga los ojos demasiado llenos

En el instante en que huyen los ocasos

          a través de las llanuras

El cielo está esperando un aeroplano

y yo oigo la risa de los muertos debajo

                                            de la tierra.

 

(Fin del Canto V)

Basten estos ejemplos del poema Altazor para calificarlo como un relato autobiográfico, obviamente no lineal ni directo, de la experiencia metafísica, un juego poético alrededor del Tiempo y la Eternidad, y un anuncio profético del final de los tiempos, con el advenimiento de la Ciudad Celeste. Todo esto es expuesto por Huidobro en el lenguaje diafórico de la vanguardia, antisolemne, provocativo y humorístico, con alternancia de imágenes oníricas y fantásticas y frases intelectualmente incisivas.

Este ejemplo podría ser completado con otros de poetas argentinos e hispanoamericanos como José Lezama Lima, Julio Cortázar, Luis María Sobrón, Leopoldo (Teuco) Castilla, Pablo Urquiza. Algunos de ellos son bien conocidos y otros casi desconocidos, pero su palabra sigue proclamando la vigencia de experiencias heteróclitas, ajenas al clima de una época que ha vaciado las tradiciones, y parece negar al hombre su condición de inmortal.

 

  1. A modo de provisoria conclusión

El poema, en nuestra lectura, actúa como testimonio de la experiencia interior que es comunicada libre y creativamente, y no como un mero juego de invención. Su apreciación nos reconfirma en la certeza de que la poesía no es mero hecho de lenguaje, pero además nos interpela al mostrar que el lenguaje adoptado -y no por azar– es el lenguaje metafórico, rítmico e imaginario del poema. Nos queda la posibilidad de considerar fenomenológicamente la palabra poética en busca de su etymon constituyente, o de aplicarle los criterios analíticos del positivismo lingüístico y semiológico, antes de ampliar su sentido a través de una hermenéutica histórica y cultural.

Huidobro crea una mediación, la identidad poética, que no es una ficción sino una metáfora del sujeto necesaria a la expansión de la ipseidad. Queda en pie la pregunta acerca de la experiencia comunicada, y de la necesidad de su expresión por una palabra oblicua y envolvente. ¿Es esta la razón última del poetizar? ¿Es imposible volcar las experiencias de la ipseidad a través de lenguajes racionales? Paul Ricoeur ha restablecido, en dos obras magistrales, las relaciones del lenguaje metafórico-narrativo (la narración sería un modo de la metáfora) con la verdad. Luego de esta justificación teórica eligió el género novela para una profundización ejemplar de cómo se construye la identidad narrativa en tanto mediación necesaria para expresar los pasos de la ipseidad en proceso de constitución. Por mi parte he preferido hablar de identidad poética, abarcando todos los géneros literarios, y en particular el poema, cuyo lenguaje parece inherente a la comunicación de la experiencia de eternidad, de índole metafísica y mística, que supone en alguna medida una metánoia o transformación interior.

La poesía no es un mero hablar, es un decir, como lo ha reconocido Martin Heidegger. Remite en mayor o menor grado a la experiencia vivida, el acto creador, la auto-revelación. La palabra revela y encubre, de una manera envolvente. Reclama una lectura también creadora, un acceso al acto de creación, un proceso interno, no la lectura racional del semiólogo y menos aún la lectura suficiente de los ideólogos de la sospecha. La realidad que participa el poeta no es meramente subjetiva, es rayo de mundo que se corporiza en la alusión del lenguaje, y reclama su transmisión como canto y fiesta.

Tal vez no se comprenda plenamente al Heidegger de los últimos tiempos sin la escucha de los poetas y del maestro Eckhart. Hugo Mujica, comentando a Heidegger, nos habla de esa confluencia del pensar y el poetizar (Denken y Dichten) que desemboca en el celebrar y agradecer (Danken) y lo sintetiza en una línea de Heidegger que tiene una tonalidad imaginaria y poética: “la sabia serenidad es un pórtico hacia lo eterno”.

¿Porqué negar al poeta, en general, su condición de metafísico y místico? Podría aducirse que no todos lo son, y ello es cierto, pero el trato desprejuiciado con los textos poéticos tanto del pasado como del presente, y asimismo de Oriente y Occidente, muestra la permanencia de una preocupación metafísica y la emergencia frecuente de la experiencia mística que le otorga sentido, hasta el punto de permitirnos aventurar esa dirección como una constante del poetizar, más aún, como su justificación última.

La forma del lenguaje poético –que daría lugar a una nueva indagación y sólo quedará aquí mencionada– se presenta como necesidad expresiva inherente a la índole de la experiencia vivida, y no como afán de construir un lenguaje llamativo (vía recorrida por conocidos teóricos de la poesía en el siglo Veinte). Se trata del imperio ideal de la forma sobre el tumultuoso acontecer, de la armónica instalación del ritmo, la métrica, las cesuras, en fin los recursos musicales sobre el devenir informe y torrencial del Tiempo, que desencadena llanto y tristeza. De modo similar, la imagen visual -y todo tipo de imágenes- construye un analogon de la realidad misma que pone el acento en la percepción de lo bello. En la poesía la espacialidad es percibida como detención, el instante como acceso a la eternidad.

No hay generalmente en los poetas, o no siempre la hay, una preparación ascética, una disciplina de vida o un ejercicio de iniciación tendiente a lograr estos efectos, pero sin embargo los logra, y más a menudo de lo que se piensa, a partir de su predisposición natural, su vocación y su entrega. Frecuenta el poeta la vía contemplativa, hace lugar al silencio que deja aflorar el yo interno, y trabaja la palabra en consonancia con experiencias difíciles de transmitir. En ciertos casos incorpora la ciencia de la eternidad, por el conocimiento de tradiciones que le acercan su fondo sapiencial. En otros, los más frecuentes, vive experiencias de eternidad que se dan espontáneamente a quien se halla dispuesto a vivirlas. Su itinerario se convierte en vía de auto-revelación que se completa en la palabra poética. De ella aprende, y no es extraño oírle decir que el lenguaje no le pertenece.

In: La poesía. Un pensamiento auroral

 

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