La Argentina que le dice no al unicato, por Carlos Salvador La Rosa

Algunas reflexiones que nos dejaron las grandes movilizaciones populares de la noche del jueves 13. Sobre qué queremos decir cuando hablamos de clase media.

Y sobre qué significa tener un gobierno que desprecia a la clase media del país que fue el gran país de clase media de América Latina. Y que, a juzgar por lo que ocurrió el jueves, quiere seguir siéndolo.

Al enojo que los llevó a reunirse, lo equilibraron magníficamente bien con la felicidad de verse tantos y todos juntos. El jueves 13 había más alegría que bronca en las movilizaciones acontecidas a lo largo y a lo ancho del país, porque mostraron al poder que existían, luego de que éste insistiera -desde sus usinas propagandísticas- que en el país de la “buena gente”, sólo pensaban distinto al gobierno los contreras mediáticos y algunas minorías golpistas. Pues bien, una parte importante de esa “buena gente” (que seguramente representa a muchos más) decidió ocupar las calles por su soberana voluntad.

Para subestimar los eventos callejeros, dicen que sólo salió la clase media pero en éste -como en tantos otros temas- el Gobierno piensa con categorías antiguas recicladas a su conveniencia. Hoy, a diferencia de ayer, la clase media es mucho más que un sector social, como en la era industrial cuando se podía dividir a la clase obrera de la media.

En un mundo posindustrial donde la economía de los servicios, de la información y del conocimiento tiende a universalizarse, la clase media es una categoría infinitamente más amplia. Incluso, más allá de las pertenencias a ella, se ha convertido en la aspiración posible de casi toda la humanidad, tanto que los grandes logros de los más exitosos países emergentes de hoy (léase los países pobres de ayer) se cuantifican según la cantidad de personas que son capaces de sumar a su clase media nacional. Algo que los argentinos supimos e hicimos antes que nadie. Algo de lo que, como se vio este jueves, los argentinos -menos el Gobierno- seguimos estando orgullosos.

¿Y qué es la clase media sino la lógica aspiración de soñar con un mundo donde cada vez haya menos pobres y menos ricos a fin de que casi todos tengan como mínimo lo básico para vivir y progresar y que se lo puedan ganar con su propio esfuerzo? Una justa síntesis entre aspiraciones sociales y logros individuales, donde se puede apostar a causas colectivas fortaleciendo, a la vez, el valor del mérito individual. Además, en el siglo XXI, en la era de internet, las clases medias instalan los grandes climas de movilización social; son las que piden por la modernización o por su redistribución equitativa. En Europa, en Estados Unidos, en Oriente Medio. Aquí.

Salvo para una izquierda que ya no es ideológicamente “proletaria” sino “lumpen” (que desgraciadamente está sobre-representada en nuestro país) la gran aspiración social de todo el mundo es que las grandes masas lleguen todas a ser de clase media.

Esa tontería de que los pobres o los obreros son solidarios y buenos mientras que la clase media es individualista y egoísta, hoy más que nunca es una patraña colosal defendida sólo por los que, incapaces de solucionar el drama de la pobreza, aducen que los pobres son buenos y los otros son malos. O peor, por aquellos que quieren que los pobres sigan siendo pobres para así hacerlos dependientes por su condición, sin saber que hasta eso hoy está cambiando: que cada día es más difícil manipular a las personas por su condición social, pues aunque la injusticia no cesa de crecer, la dignidad crece bastante más.

La Argentina supo tener en el siglo XX gobiernos populares que, a diferencia del actual, no le hacían asco a la clase media. Como el radicalismo originario que fue clave, junto al liberalismo progresista, en la integración social de los inmigrantes (pobres que venían a la Argentina para ser de clase media), a los cuales no sólo mejoró económicamente sino que nacionalizó culturalmente mientras hacía progresar socialmente. Por eso, por haber sido el representante de esa gran clase media es que el radicalismo aún sobrevive.

Esa vocación nacional de querer sumar a la clase media a los que aún no lo eran, fue continuada por el peronismo. Eran los años en que la clase obrera crecía al calor del nuevo país industrial que venía de antes. Sólo que Perón brindó sentido político y cultural al proceso apoyando la autoestima de esos nuevos obreros; les dio mejoras materiales, los organizó para cuando él no estuviera pero, por encima de todo, los puso al mismo nivel que la clase media.

Eso produjo fuertes roces al principio entre clase obrera nueva y clase media vieja, sobre todo por razones culturales, pero como todos ambicionaban ser lo mismo, a la postre todos contribuyeron a fortalecer esa clase media que hizo todo lo que pudo para hacer grande al país, haciéndose grande ella. Ahora resulta que querer tener un hijo “dotor”, un ascenso en el trabajo, casita propia o un ahorro que no se desvalorice, son egoísmos “pequeño burgueses”. Es que nos gobierna una élite que no quiere para los demás lo que a ella le sobra.

Una élite que ahora nos dice que, en el mejor de los casos, el jueves salió la mitad del país en contra de la otra mitad. Una falacia total. El país actual no está dividido entre clase obrera y clase media como en el primer peronismo. Ni de ningún otro modo. El voto es inmensamente variable. Con la clase media en contra, en las legislativas de 2009 el oficialismo sacó apenas el 30% de los votos. Con clase media a favor, dos años después, sacó el 54%.

Y casi seguramente, parte de esa clase media que lo votó, estuvo el jueves en las calles o simpatizó con la protesta, no sólo por razones económicas. Esta sociedad hubiera aceptado, por ejemplo, la reducción parcial de subsidios u otras medidas racionales frente a un mundo en crisis pero, en vez de eso, de golpe y porrazo, le vinieron con cepos cambiarios delirantes, cierres de exportaciones cretinos, controles provocativamente absurdos y una serie de medidas tan autoritaria y discrecionalmente presentadas que sólo generan malestar presente y temor futuro por el abuso del poder y la intromisión en la vida personal que traen consigo.

No es que haya cambiado tanto la situación económica desde las elecciones sino que, sin necesidad alguna, el Gobierno metió a la sociedad en un clima beligerante del todo innecesario. Asustaron al cuete. Hasta que, harta, la gente les dijo en las calles: Si lo que quieren es asustarme, no me asustan. En todo caso me enojan y quiero expresar ese enojo. Nosotros no somos como esos ricachones que sí se asustan o esos chupamedias que se postran.

¿A quién responde el Gobierno cuando dice representar al verdadero pueblo? A la clase media han demostrado que conceptualmente la desprecian. La clase obrera organizada parece marchar por otro lado. Quedan los más pobres, a los que no pudo sacar de la pobreza aunque les brindó una gran asistencia social. Es cierto que este gobierno, el cual no provocó la brutal pobreza con que entramos al siglo XXI, tuvo dos grandes méritos iniciales: reascender los “empobrecidos” a la clase media de la cual se cayeron por la crisis y dar importante protección social a los pobres. Pero también es cierto que no sumó ni un solo pobre a la clase media pese a los inmensos recursos con que contó, como sí hicieron los “neoliberales” chilenos, los “socialdemócratas” brasileños o los “liberalcomunistas chinos”. Si Perón renaciera seguro les recordaría que él, con mucho menos, hizo mucho más.

Otro mito que fue arrasado el jueves 13 fue la gran antigualla que este gobierno quiso presentar como novedad, rescatando del arcón de los trastos viejos el “relato” de una sociedad enteramente manipulada: o la manipulan los medios o la manipulamos nosotros, fue su estrategia. Entonces se pusieron a intentar manipular a la gente mientras libraban la guerra santa contra los supuestos manipuladores, enemigos del gobierno. Sin embargo, mientras eso pasaba, la ciudadanía por sí sola se fue juntando y salió a la calle con absoluta libertad, porque así lo quiso y por las cosas que quiso.

El jueves 13 al Gobierno le estalló en la cara la teoría de la manipulación, aunque todo indica que no por eso la abandonará. Ahora dice que los medios, aunque no hayan convocado, ya le habían lavado previamente la cabeza a los manifestantes y que por eso estos salieron. Si antes era tonto creer que la gente es estúpida, luego de que ésta se movilizó sin pedir permiso a nadie y sin preguntar clase, sector ni edad para la convocatoria, dicha presunción pasa a ser estúpidamente peligrosa.

Mendoza, la bien plantada. En las movilizaciones del jueves, uno de los grandes epicentros fue Mendoza. En relación a su población fue el lugar del interior donde más ciudadanos se movilizaron. Esta provincia a la que los sectores K ideologizados no se cansan de vituperar como conservadora, un tanto facha, hipócrita, cínica, clase media, en suma, algo despreciable para ellos… salió fuerte a protestar. La movilización no fue contra Paco Pérez así como la de Córdoba no fue a favor de De la Sota, pero sí pareció advertir al gobernador que no se pegue tanto a Cristina, que ponga a Mendoza por encima de todo. Que se ponga al frente de esta Mendoza plena de orgullosas aspiraciones de clase media, donde aún creemos más en las instituciones que en los caudillos y por eso despreciamos tanto los unicatos.

Porque de eso precisamente se trató lo que ocurrió el jueves 13, aquí y en tantas partes de la patria: un pueblo reclamando en las calles por cuestiones esencialmente institucionales, como la inseguridad, la inflación, la re-elección y la corrupción. Los ciudadanos hablando de lo que el poder calla. No hubo queja alguna contra la democracia sino, en todo caso, contra un gobierno, o incluso menos, contra una presidenta en particular y algún círculo que la rodea, porque ni siquiera fue una protesta contra el partido oficial. Sólo contra el creciente unicato.

Fue una movilización eminentemente cívica, no antipolítica, en todo caso apartidaria pero con temas altamente políticos. Una multiplicación de voces ciudadanas para que sean escuchadas ciertas opiniones que venían siendo estigmatizadas porque el gobierno decía que sólo las enarbolaban despreciables minorías. Ahora parece que ya no son tan pocas.

Carlos Salvador La Rosa
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Fuente: Los Andes (Mendoza)

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