Inés Riego: sobre la poética del otro

Al culminar las páginas vibrantes de Hacia una poética del otro se tiene la impresión que no hay nada más que decir, nada más que añadir a este ‘gran abrazo al otro’ que ha buscado y logrado con excelencia el presente libro de nuestro querido amigo Miguel Jarquín. Pero un epílogo (de επί, sobre, encima de, y λογος, palabra, razón, discurso) es precisamente lo que viene a abrirse en la conciencia y sacudirse en el corazón ‘sobre’ lo que el ‘logos’ ha expresado atenta y ordenadamente para nuestra mirada, cumpliendo una vez más su delicado cometido hermenéutico. Y es en rigor este ‘después’ que se sobreañade lo que resulta harto problemático y paradójico, lindando a veces lo imposible y desilusionando al más optimista: hemos comprendido muy bien quién es ese misterioso ‘otro’ sin el que ni ‘yo’ ni ‘tú’ existiríamos sobre la faz de la tierra, pero ahora llega el momento de la verdad, de pasar del discurso a la encarnación, que implica nada menos que aceptarlo y amarlo, y perdonarlo y llevarlo consigo, incluso, como dice el evangelio sin ambigüedades, si ese otro es tu enemigo. Me bastan estas honestas palabras del Dr. Jarquín para señalar el rumbo certero de su obra, y a la vez corroborar lo poco novedoso pero fatalmente cierto de mi argumento:

“La realidad: somos una sociedad de los iguales y nuestro dolor: no soportamos al que no se parece a nosotros, al que no piensa como nosotros, al que no actúa como nosotros… La tarea: matar al diferente, ya sea homologándolo, ya sea desapareciéndolo y, finalmente, matándolo de verdad. El diferente aún no tiene lugar en nuestra sociedad. Y reconozco: yo también tengo mis «excluidos» y los desprecio sin piedad”.

Esto sí que no es metáfora ni pulido discurso de filósofo sino la más cruda realidad de las relaciones humanas, de la que nadie puede excluirse, ni siquiera nuestro autor. ¿Acaso puede alguien negar que nuestras relaciones con los otros saltan del aprecio al desprecio, y del respeto al irrespeto con sólo pisar sin cuidado el delgadísimo hilo de seda que sostiene el ‘entre’ que los dos habitamos? A pesar de lo mucho caminado por los seres humanos y de lo brillante y exhaustivamente hablado y escrito por toda clase de intelectuales, políticos, poetas y pastores, el salto mortal se traduce a nivel cósmico y entonces la exclusión del otro, diferente o incluso igual, llega a ser más poderosa que la inclusión que fascina como valor social y derecho humano elemental. Figuras perfectas de la moderna lógica simbólica, exclusión e inclusión, quedan ejemplificadas día a día en la desgarradora e imperfecta realidad de la lógica humana: absurda paradoja viviente que se viste con los rostros de la violencia, la explotación, la trata, el desamparo, la indiferencia, la pobreza y cuántos más… Pero rostros excluidos son todos los que de una u otra manera quedan fuera de mi mirada y mi corazón, no del parche coyuntural que pretende la contención social -aunque sea necesario-, porque, como diría Mounier, así como hay ciegos para la pintura hay muchos más ciegos para las personas, lo que interpreto como la condición humana de ‘an-empatía’: la falta de empatía que, si bien se padece personalmente, se convierte cada día más en enfermedad social silenciosa. ¿Qué tendremos ‘roto’ en nuestro interior para que, enfermos o pervertidos, sistemáticamente condenemos a los demás al llanto de la exclusión y el desamor, y porque te condeno a ti me condeno a mí mismo a ser un paria del ‘tú’ negando con mi conducta una lógica que jamás debería ser violada: la del ‘orden del amor’? ¿Puede haber pecado más siniestro?

Como nos ha enseñado Martin Buber, hagamos un alto en el camino y miremos al interior de nuestra vida, no para bucear en el pecado sino para hacer emerger de mí la paradoja que me constituye y desde esta poquedad asumida y amada intentar redimir lo sublime del otro: “Cuando el intelectual hace una pausa, ha sucedido ya algo importante. Pero este acontecimiento sólo llega a ser significativo si no se contenta con soportar en el registro de la memoria esa breve perturbación de un mundo bien ordenado. (…) Con la implicación de su vida y su sufrimiento personal puede avanzar hacia una lucidez cada vez mayor respecto de la paradoja. De esta manera deviene en la persona un destino espiritual con su peculiar provecho, y dicho destino crece (…). Crece en titubeante lucha, venciendo lentamente y, al vencer, sucumbe y, al sucumbir, ilumina” .

Nosotros agregamos: no sólo al intelectual le corresponde esa pausa iluminadora, esta implicación de su sufrimiento personal, sino a todos y a cada uno desde su lugar y su circunstancia porque hasta el más ignorante, discapacitado, frágil o insignificante para la mirada vulgar, puede con su dolor encender la lámpara del otro, o la mía propia…

Hago mi propia pausa para ayudar a la reflexión y me detengo en el capítulo nueve -“El sentido de la existencia”-, donde el profesor Jarquín continúa así su lección de personalismo comunitario, o, dicho en expresión suya, de ‘poética del otro’: “Asoma la lección por excelencia: sólo el tú en su condición de otro, es decir desde su pobreza y precariedad puede con-vocar al yo a alistarse a su servicio. Si es verdad que el yo es un regalo de los demás, seguramente también el yo únicamente tiene sentido como responsable de los demás. Llamada y respuesta se encuentran en el cruce de los caminos: decir yo solamente es posible desde la invocación del otro y desde el servicio al otro. El sentido de la existencia despierta cuando el otro ilumina el horizonte”.

Dar un paso hacia la ‘poética del otro’ consiste definitivamente en hacer -la poética implica siempre la ποίησις, póiesis, que es precisamente el ‘hacer creativo’- que el horizonte de sentido de mi yo sea abarcado por el tú, tomar conciencia de su radicalidad y obrar en consecuencia, y, una vez más insistiremos, haciendo de ello la verdad misma interpretada desde el mandato universal del amor. Por mucho que le demos vuelta al discurso, éste debe servir a este cometido porque no hablamos ‘del’ otro porque sí, por pasión filosófica meramente, sino ‘para’ el otro como prójimo que me interpela y me exige una respuesta, como verdadero ‘tú’ que sostiene mi ‘yo’. Debemos comenzar la ‘revolución del corazón’ que proponía Emmanuel Mounier haciendo que nuestra palabra y nuestra acción se conviertan en ‘rehenes del tú’, en especial del más vulnerable y abandonado, no de los múltiples deseos egoístas e individualistas que parecen ser las estrellas absolutas de este mundo, incluso en el ambiente intelectual de los ‘comprometidos’. He aquí el instante en que la responsabilidad irrumpe en el firmamento como un aguijón clavado en la conciencia.

Responsabilidad y respuesta se co-implican de este modo entretejiendo el andamiaje moral de la persona. El otro es el que me inquieta con su sola presencia, me interpela, me exige una respuesta porque ante él ‘debo’ responder con todo mi ser. En esta poética del otro no hay distancia entre lo antropológico -el ser- y lo ético -el deber ser. Así nos lo ha recordado Emmanuel Lévinas poniendo el acento de su filosofía en el Otro -remarcando su importancia con la mayúscula- que no es solamente el vecino, el cliente o el colaborador, sino el interlocutor por excelencia, aquel que es fin y sentido primero de todo obrar -familiar, laboral, educativo, cultural, político-, la expresión de las expresiones, el sentido de los sentidos. Pero ese otro se manifiesta en un rostro, el rostro es su epifanía, y su desnudez expresa su privación y su súplica dirigida siempre a mí: “El rostro se me impone sin que yo pueda permanecer haciendo oídos sordos a su llamada, ni olvidarlo; quiero decir, sin que pueda dejar de ser responsable de su miseria. La conciencia pierde su primacía. La presencia del rostro significa, pues, una orden irrecusable -un mandato- que detiene la disponibilidad de la conciencia. (…) El Yo es, ante el Otro, infinitamente responsable” . El otro provoca un movimiento ético en mí que desajusta la ‘buena conciencia’, esto es, la eterna coincidencia conmigo mismo. Entonces, el yo implica, respecto a esta sensación de infinita obligación que el otro comporta, “no tener tiempo de volverse, no poder hurtarse a la responsabilidad, no poseer un refugio en la interioridad desde donde retornar a sí mismo, caminar hacia delante sin consideración alguna hacia sí” . Explicación irrefutable que sólo precisa nuestra implicación.

Si has llegado hasta el final de las páginas de Hacia una poética del otro, seguramente oirás una voz interior -el Tú divino en ti mismo- que te invita a la acción y al compromiso, a entregar tu tiempo por alguien y a buscar menos refugio en ti, a ocuparte menos de tus pesares. Quizás si lográsemos llenar tantos vacíos plagados de desesperanza por los rostros concretos que esperan en nosotros, y en honor a ellos hacer efectivas esas acciones que convergen hacia una sociedad dignificante del otro, estaríamos más cerca de la ‘metanoia’, de aquel “cambiad el corazón de vuestro corazón” que la buena nueva del personalismo comunitario ha impulsado desde su tiempo más antiguo. Entonces el narcisismo y la pereza que carcomen por dentro al yo mejor plantado, y por el principio de reciprocidad a su respectiva comunidad-sociedad, podrán dar paso a la poética del otro, a la ‘Otrofilia’ con mayúscula, al cumplimiento del mandato del amor que reivindican desde su Gracia una humanidad que todavía lo puede todo y cuyo sentido último comenzará a consumarse cuando abarque con su abrazo la sagrada vocación por el Otro.

Inés Riego de Moine
Córdoba, Argentina, al alborear la primavera 2012