Humanidad

El ser humano es una de las cosas más interesantes que existen. Y al referirme a ellos como cosas, no los estoy clasificando en esta o aquella categoría de lo real, sino simplemente, refiriéndome al hecho de que son una parte de la existencia, una parte de lo que existe, algo que uno puede llegar a tratar de conocer. La cosa se opone a la idea, como lo que se conoce exteriormente se opone a lo que se puede conocer interiormente, como decía Durkheim.

Pero en el caso de los humanos o humanas, lo externo y lo interno están de tal modo mutuamente implicados, que no es fácil separar lo de fuera de lo de dentro. Los seres humanos son muy complejos, pero no se dan mucha cuenta de ello, o no se dan cuenta para nada de la complejidad que son y que ejercitan, a cada instante de sus vidas. Se levantan, o más bien se despiertan, y algo nebuloso comienza a deshacerse en sus mentes. Dejar el sueño para venir al sueño compartido, como decía Jorge Luis Borges.

Y enseguida empezar a tratar de abrirse paso en esa masa pegajosa que se llama mundo, como decía Julio Cortázar. Y el mundo es interno y externo. Es la casa y la calle. Poner la mesa, comer, bañarse, vestirse, bajar al estacionamiento, o salir por el portón del edificio, después de haber orado de maneras distintas. Encontrar la vereda y la gente, los jardines y los autos, los camiones y los ómnibus. Ir a un lado y a otro, al supermercado y a la floricultura, a la gasolinera y a la universidad. Leer y dormir, saludar algún amigo por teléfono. Escribirle a alguien que está muy lejos.

Mirar las plantas y acordarse de seres muy queridos que ya no están aquí, al menos no de la manera como estuvieron. Ir a la verdulería y comprar algunas frutas. Volver a casa. Ir a la panadería y al correo. El ser humano hace estas y otras muchas cosas, reales o imaginarias, y anda por ahí como si nada. Toda esa grandeza, esa inmensidad envuelta en otra inmensidad más inmensa aún.

Lee, y al leer se inserta en un mundo ilimitado al cual va sumando su experiencia y su vivencia. Va diluyendo las fronteras entre el aquí y ahora y el allá no sé dónde. Se va eternizando en una lectura de sí y del mundo en que ya no sabe (ni tendría por qué querer saber) qué es qué o quién es quién, sino todo es un espacio envolvente y acogedor, donde no hay muerte, no hay enfermedad, no hay dolor, no hay ningún tipo de sufrimiento, sino sólo paz, paz silenciosa y audible.