“Hacer,” por José Comblin

Cap. 8 de El camino, ensayo sobre el seguimiento de Jesús

Lo que sorprende, en los evangelios, es la manera radical como Jesús opone el decir al hacer. Amar no es decir, sino hacer. Los sentimientos, gestos y señales simbólicas no se tienen en cuenta. Lo que vale son los actos prácticos, lo que produce resultado visible, lo que realmente beneficia al otro.

“No todo aquel que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos, sino aquel que practica la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). La voluntad del Padre, nosotros la conocemos: es amar al prójimo con hechos y no con palabras. Decir “Señor, Señor” es lo que hacemos sin cesar, en nuestras oraciones y liturgias. Todo eso tendrá sentido si llevar a un obrar concreto.

“Aquí están mi madre y mis hermanos, porque aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, hermana y madre ” (Mt 12,49-50). El juicio final es más. claro todavía (cf. Mt 25,31-46). Como decía san Juan: “No amemos con palabras ni con la lengua, sino con obras y en la verdad” (I Jn 3,18).

Jesús testimonia haciendo. Los evangelios lo muestran siempre activo, yendo de un poblado a otro, ayudando, levantando los ánimos, despertando la esperanza, curando a los enfermos y consolando a los afligidos. Al final de cada día está cansado. Su trabajo es la realización concreta material del trabajo del Padre.

“Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn 5,17). “Las obras que el Padre me encargó de consumar, esas obras, yo las hago y ellas dan testimonio de que el Padre me envió” (Jn 5,36). “Mientras sea de día, tenemos que realizar las obras de aquel que me envió” (Jn 9,4). Esa vez la obra era la curación del ciego de nacimiento. “Cree en las obras”, dice Jesús (Jn 10,38). Al final de su vida, Jesús dice: “Concluí la obra que me encargaste realizar” (Jn 17,4). “Quien esté en mí hará las obras que yo hago” (Jn 14,12). Así, de la misma manera los discípulos deben hacer obras. La elección de esa palabra está llena de significado. Se trata siempre de hacer. Pues el ser humano es corporal y su vida vale por las obras que realiza. Las obras se refieren siempre a lo concreto material, realizado en el mundo material, y no en el mundo de las ideas o de la imaginación.

La mayor tentación de los cristianos no es el materialismo sino el espiritualismo. Es hacer del cristianismo un camino de vida espiritual distante del mundo material, con un programa de actividades internas, hechas de emoción, de sentimientos, de ideas, puramente religiosas fuera de la red de las actividades diarias y fuera de las dinámicas del mundo – especie de programa de salida de este mundo material, para vivir en un mundo hecho de puro espíritu, lejos de la materia considerada como obstáculo, freno o tentación.

Desde el comienzo, y durante los primeros siglos, el espiritua¬lismo entró en la Iglesia. Le dieron el nombre de “gnosis”, o sea, de “conocimiento”32. Ellos mismos, sin embargo, no se llamaban gnósticos, sino elegidos. Fueron llamados gnósticos porque, para ellos, el cristianismo era un conocimiento: la vía del conocimiento de Dios por la salida progresiva de este mundo material y por la creciente separación del espíritu en relación al cuerpo que lo mantiene preso. Ese conocimiento se debía mucho a la influencia de movimientos filosóficos espiritualistas de aquel tiempo. Era una adaptación del cristianismo al modelo gnóstico que tenía buena aceptación sobre todo en Egipto, pero también en territorio del Imperio romano.

Para los gnósticos, la vida en la tierra es el resultado de una caída. El ser humano pertenecía a un mundo espiritual, pero cayó en virtud de diversos episodios. La vocación humana es liberarse de este mundo terrestre mediante el pensamiento y, por medio de actividades mentales, recuperar el conocimiento que perdió al caer en la carne. La corporeidad significa caída. Hay necesidad de liberar el espíritu del cuerpo. La vida cristiana seria una fuga de este mundo para volver al mundo de origen.

La gnosis fue denunciada con fuerza por los defensores de la or¬todoxia. Parecía más elevada, siendo más religiosa y más espiritual en sus expresiones. En realidad, era la negación del cristianismo que está fundamentado en la encarnación del Hijo de Dios. Jesús fue y es un hombre verdadero hecho de cuerpo y de espíritu, no yuxtapuestos sino formando un único conjunto viviente, y el espíritu no tiene vida autónoma independientemente del cuerpo. En el ser humano el espíritu es corporal. Fue lo que defendieron los testimonios del verdadero evangelio, como Clemente de Alejandría, Ireneo y Epifanio.

Con el correr de los siglos hubo varias intentos de espiritualismo de tipo gnóstico. En la Edad Media, en el siglo XII, apareció el movimiento “cátaro”, o sea, de los puros, viniendo de Oriente – que también defendía el rechazo del cuerpo y la emancipación del espíritu. Los cataros también defendían la negación de todo el sistema institucional de la Iglesia, condenándolo como dominio de la materia. Por ese motivo el catarismo (llamado también movimiento de los albigenses) fue muy popular, pues era una manera de liberarse del poder económico de la Iglesia romana y de las Iglesias locales. Pastores muy simples supieron convencer a las masas populares, pero también a personas de la nobleza, conquistando casi todo el Sur de Francia y el Norte de Italia. La reacción de la Iglesia fue violenta. El Papa – en compañía con algunos barones del Norte de Francia – constituyó una cruzada contra tales herejes aplastando, matando, exterminando y robando todos sus bienes. La represión de los albigenses todavía está en la memoria de los habitantes de ciertas regiones del Sur de Francia – aún después de más de 800 años.

Con el Renacimiento reaparecerán varias sectas de tipo gnós¬tico, aprovechándose del retorno a los documentos de la antigüedad, especialmente de las filosofías próximas al gnosticismo como el neoplatonismo. Durante toda la Edad Moderna, dominada por el racionalismo, prosperaron también las sectas esotéricas proclamando un mensaje semejante al del gnosticismo. En la época actual asistimos al renacimiento de sectas gnósticas, que predican también una vida humana fuera de este mundo, hecho de almas puras, libres de la servidumbre de la materia, regocijándose de la contemplación del verdadero conocimiento.

En 1945 fueron descubiertos, en el Alto Egipto, manuscritos antiguos de los siglos II al IV que constituyen una colección de textos gnósticos, o sea, emanados de los grupos que hicieron del cristianismo una gnosis. Hasta entonces, la gnosis era conocida esencialmente por las refutaciones de los Santos Padres, por ejemplo de s. Irineo, o de s. Epifanio. No se conocían textos de los mismos gnósticos. Por eso los manuscritos de Nag Hammadi tienen un valor histórico inestimable. Gracias a ellos conocemos directamente esa interpretación espiritualista del cristianismo que se constituyó en una gran tentación en los primeros siglos de la era cristiana.

Esos movimientos son fácilmente detectables a lo largo de la historia. El mayor problema viene de la infiltración de una sensibilidad o inclinación – generalmente inconsciente – de la mentalidad gnóstica dentro de la ortodoxia. La lectura de varios escritos que se refieren a la vida monástica de Oriente no puede no dejar de dar la impresión de una infiltración espiritualista inconsciente. Hay una actitud negativa en relación a todo lo que es corporal: promoción de la vida religiosa como liberación del cuerpo, para subir hasta llegar a un conocimiento totalmente desligado del cuerpo, liberado de la contaminación material. Se pensaba que la vida mental era separada del cuerpo. Por eso, llegar a un pensamiento puro sería quedar libre del cuerpo. La ascensión monástica fue presentada muchas veces como una lucha entre el espíritu y la materia, entre el espíritu y el cuerpo. De hecho, la Teología y la vivencia de la Teología en los usos populares y en las prácticas eclesiásticas, desde la Edad Media hasta el Vaticano II, asocian el cuerpo y la materia con el pecado. De esa manera se entiende hasta qué punto la preocupación por el pecado puede ser casi patológica, ya que el cuerpo está siempre presente y recuerda su presencia. La mente siempre siente la presencia de la materia, aún cuando quiera desprenderse de ella. Eso puede provocar angustia y muchos autores espirituales la alimentarán33. La jerarquía no desmentía y, nada raro, hasta participaba de esa mentalidad.

Puede haber una deformación literaria o de inspiración popu¬lar que tiende a ver la santidad como desprendimiento de todo lo que es material. En la representación popular el santo es aquel que vive lo menos posible en el cuerpo – no come, no bebe, no tiene placer corporal, no siente ninguna atracción sexual, mortifica y combate cualquier tipo de solicitación del cuerpo. Puede haber descripciones exageradas en la hagiografía y en los relatos sobre los santos monjes o la vida religiosa en general, pero hay también un fondo de realidad. Durante siglos y hasta hace poco tiempo el programa de vida de los religiosos consistía en atender lo menos posible al cuerpo y a desarrollar la actividad mental. La misma Iglesia insistía en ese sentido, estimulando prácticas ascéticas de mortificación del cuerpo: ayuno, abstinencia de carne, uso del cilicio, flagelación, dormir sobre una tabla, permanecer largos períodos de rodillas, cobertura total del cuerpo etc. Todo eso muestra una actitud de rechazo del cuerpo, que no encuen¬tra acogida en los evangelios – donde encontramos a Jesús que es acusado: “He aquí a un glotón y bebedor, amigo de publícanos y pecadores” (Mt 11,19).

En Occidente el rechazo del cuerpo no fue tan radical como en Oriente. En la tradición monástica de Occidente el trabajo manual ocupa un lugar destacado. El programa de san Benito es “Ora et labo¬ra” (rezar y trabajar). Por eso los monjes de Occidente tuvieron un papel importante en el desarrollo económico – no ocurrió lo mismo en Oriente, que se volvió menos desarrollado.

El Occidente también se benefició de la ayuda en la atención a las necesidades del pueblo por parte de los religiosos y, sobre todo, de las religiosas. En Oriente no se permitió a las mujeres tener tanta independencia y fueron confinadas a las tareas domésticas. De ahí la ausencia casi total de obras de caridad. En la Edad Media hubo una explosión de fundaciones para ayudar a los pobres, los enfermos, los huérfanos, las viudas, los peregrinos, las víctimas de los cata¬clismos naturales. Aún así, todavía era visible en el ámbito de la vida religiosa la desconfianza hacia el cuerpo, que, sin embargo, se mostraba tan dedicado a la práctica del amor al prójimo. No se puede amar al prójimo solamente con el espíritu. Sin el cuerpo no se le puede prestar ninguna ayuda. No se puede dar más vida a no ser con medios corporales.

En el siglo XX, en Occidente, hubo un proceso de cambio cultural que llevó a una rehabilitación del cuerpo. En muchos casos ese movimiento puede haber llevado a excesos que deformaron el mismo cuerpo o lo idealizaron a tal punto que lo apartaron de las tareas propias de la vida humana. El cuerpo se apartó entonces de su misión de amor en la práctica, y se convirtió en finalidad en sí mismo. De cualquier modo la reacción fue saludable, no teniendo nada en contrario a la espiritualidad cristiana. El pecado no está en el cuerpo, sino en el uso inadecuado que la persona hace de él. Se puede usar el cuerpo para dar vida o para matar.

Amar es hacer lo que realmente va a generar más vida en los pobres. No es hacer cualquier cosa. Hay muchas falsificaciones de la caridad. Lo que Jesús decía: “no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,3) es de plena actualidad. Hay una manera de dar que es la mejor forma de publicidad. Los fariseos ya sabían eso, y el comercio de hoy también. Hay donaciones que sirven para hacer publicidad. Se puede dar cualquier cosa, sin preguntar cuál es la necesidad de quien recibe – hasta objetos que no responden a ninguna necesidad. Esas donaciones consiguen lo que quieren: publicidad. En ese caso, no se establece ninguna relación de amistad entre la persona que da y la que recibe. Hay casos en que la donación tiene retorno – por ejemplo, los candidatos que compran votos de electores dándoles camisetas, un colchón, algunos ladrillos, un aparato de TV… El don es apenas una compra, una operación comercial. No hay en eso ningún amor. Se puede dar también para crear o alimentar la fama de “bienhechor”. Se puede dar por miedo: dar a los pobres para que no vengan a robar, para que no adhieran a un partido revolucionario. Se puede dar para verse libre de los mendigos y del castigo. Se puede dar un poco para no verse obligado a dar mucho. Se puede dar por costumbre o por rutina – dentro de lo que prevé el reglamento del convento o de la empresa.

Dar sin que haya una implicación personal no llega a ser amor. Es dar por necesidad, porque no se puede evitar el dar. Si lo que se da fuera algo superfluo, si no fuera un repartir, tenderá a humillar, salvo en casos de extrema urgencia. El repartir es abrir al diálogo, es colocar al otro en pie de igualdad. De la misma manera, participar de la actividad de los pobres es abrir el camino del diálogo. Es un acto que promueve, prestigia al pobre y le inspira más confianza en sí mismo.

Como dice muy bien la Hermana Emmanuelle35 — que trabajó du¬rante 20 años en las favelas del Cairo -, lo más necesario para los pobres es el respeto. Ellos aspiran a ser tratados como personas. Por eso, la base de todo hacer que sea amor es tratar a los otros como personas, manifestarles el respeto debido como a un hijo o a una hija de Dios.

¿Y hoy, qué hacer? ¡Esa es la cuestión! El problema es qué hacer hoy en la sociedad y en el momento histórico en que vivimos. Tal vez más que nunca el mundo nos da la impresión de estar cerrado a cualquier tipo de acción porque la arrogancia de las potencias mundiales alcanzó tal nivel, quizás solamente comparable al del Imperio romano antiguo. Los norteamericanos de hoy, por ejemplo, gustan compararse con el Imperio romano. La comparación no deja de tener puntos de aproximación, al menos en lo que se refiere a la arrogancia de sus élites. Pero la esperanza nos garantiza que siempre es posible “hacer” algo.

Antes de entrar en el asunto, vamos a estudiar la siguiente pregunta: ¿quién va a “hacer”? ¿Quién va a amar? ¿Quién va a tener compasión? ¿Quién va a tener indignación? Si Dios envió a su Hijo al mundo, es porque en él todavía hay amor. Es difícil encontrar personas que sean únicamente egoísmo, en quienes no haya nada de amor. La historia muestra la existencia de las más diferentes proporciones de amor. En la actualidad, el amor existente en el mundo es muy tenue. ¿Si hubiese un amor consistente, habría tanta miseria como la que hay?

El amor de Dios es don para todos, pero hay diversidad en su recepción. El Reino de Dios es la llegada del amor. Sin embargo, muchos no se interesan por él, están distraídos, viven con el mínimo empleo de las fuerzas de que disponen, hacen solamente lo indispensable para sobrevivir. El amor requiere el empleo de mucha energía.

El amor es don de Dios. Con Jesús llega a un nivel ideal, estimulando y suscitando vocaciones especiales. En las antiguas civilizaciones los pobres se encontraban abandonados – y, en muchas regiones del mundo, eso sigue hasta hoy – la religión no lleva a mirar hacia el otro, en especial a los pobres. Se mira solamente hacia Dios, que es una proyección de las propias necesidades y deseos.

El amor no se presenta espontáneamente, necesita de personas que lo anuncien. El amor es don de Dios, pero es también efecto de un paciente trabajo humano.

Traducción de Juan Subercaseaux A. del libro: “ O Caminho, ensaio sobre o seguimento de Jesús”=El Camino, ensayo sobre el seguimiento de Jesús, por José Comblin, Editorial Paulus 2004,Sao Paulo,

Transcriptor: Enrique Orellana F.

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