Fluyendo

Vas de viaje, vienes de viaje, y en este vaivén, te pones a tratar de describir algunas de las cosas que puedan haber llegado a quedar en tu memoria. La gente en las salas de espera de Ezeiza, Aeroparque, Guarulhos, El Plumerillo. Las caminatas por las calles de Mendoza. La fiesta de la vendimia. La iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. El encuentro con algunos viejos amigos, dentro y fuera. Este dentro y fuera parece cada vez más el propio pulsar de la vida.

No puedo tener varios centros, tengo uno solo, es el amor. Esto no me hace invulnerable, no me evita el dolor, apenas me mantiene centrado y esto ya es bastante. Vuelves, y a la vuelta, la playa. De la montaña a la playa, de la playa a las montañas. Entre playas y montañas, vas tejiendo tu vida. Cada persona es un punto preciso, un ajuste exacto del tiempo y del espacio. A medida en que empiezas a vivir estas cosas, te vas aliviando. Es como si la vida te fuera llevando. Algo en tí se va acomodando, va ocupando su lugar. Vas ocupando tu lugar. Es como si fueras parte del río de la vida, un río que fluye constantemente. Vas por ahí, te dejas llevar, y esto es una aventura placentera. No todo el tempo. Están las piedras, que dividen el río. El agua se parte en dos y prosigue. Esto forma parte del proceso del vivir. Te partes, te repartes, y vuelves a juntarte.

Esto te asemeja a la historia de vida de muchas personas. De repente recuperas una sensación como de inocencia, de algo primero, sin pasado. Una sensación de comienzo, de cosa inicial. Estos días en Mendoza andando por la calle Lavalle, una sensación interior como de oro, de algo precioso, amarillo. No el oro metal, el oro material. Pero tú mismo, devuelto. Tú mismo, otra vez. Nuestra tierra natal es un regalo, un regalo muy precioso para cada persona. Yo puedo ser. Esto te viene, pero no como ahora, no como algo dicho o pensado, sino como algo que es y que sos vos. Vos sos eso, ese yo puedo, ese yo puedo ser.

Uno se va distanciando del comienzo, no como un alejamiento físico solamente, uno se va de su tierra natal y empieza a partirse, empieza a rasgarse. Pero el tiempo es generoso, te da un tiempo. El tiempo te da un tiempo, ¿no es gracioso? Ya no corres, o no corres tanto. Es otra vez aquello de dejarse llevar, de ir con el río, de ser río, de ser agua. De pronto outra vez en ese rincón donde comenzó tu existencia, vuelves al origen. Una parte tuya que no se fue, que no puede irse. Esa parte que permanece, que es el amor, es lo que nos constituye como personas. Esa quietud te acuna, te tiene en sus brazos. La madre tierra es ese abrazo, ese abrazo que te protege y te consuela. Ya ahora al fin de este intento de atrapar algunos fragmentos de este viaje tan singular, agradeces en tu corazón, calladamente, a la vida, que te ha dado tanto. Volver a los 17, volver, siempre volver, esto es vivir.