Feliz Navidad

Pasó años sin querer oír hablar del Proceso. Cantaba Dead Flowers pensando en los desaparecidos, algunos de los cuales conoció, vivos.

Una vez, sin embargo, al ver La Historia Oficial con su hermano, la cosa empezó a volver.

Volvía y volvía ya de un modo vivo, no intelectual. En 1999, con su amada, se propuso a volver a ser el que fuera antes de la carta, antes del 19 de junio de 1976, cuando pudo transformarse en un desaparecido más.

Empezó a esperar la muerte, sin que viniera. Venía de todas partes, sin embargo. Empezó a matarse por dentro. No quería vivir más. No merecía, pensaba.

Tantos y tantas habían muerto. Tanta gente inocente, como la niñita de brazos aquella en Mendoza, que muriera mientras torturaban a la madre.

Recordaba y recordaba. No lo entendería, nunca podría entender la saña genocida, la mentira sistemática, la desaparición de personas, no podía entender.

De a poco, fue viniendo la luz. Fue entendiendo que aquello era necesario para esta alegría de que hoy disfrutaba.

Le parecía extraño. La geometría de Dios, que le hizo escapar del infierno para encontrar su amor, el amor de si vida.

Una vida con sentido. Dedicada al servicio de quienes más sufren y sin embargo, sonríen, aman, como él, como siempre amara, como no podría dejar de amar.

El ciclo llegaba a su fin, parecía, el proceso al proceso finalizaba.

Aún quisiera, como todo argentino o argentina, ver condenado en tribunales la infamia, la traición, la aberración, el golpe más duro de la oligarquía argentina contra su pueblo, contra el pueblo que paga sus salarios de militares y de obispos, cardenales, periodistas, cómplices del terrorismo de Estado aún impunes.

Esa deuda no cierra, pensó, pero en lo individual, en el espacio de esta vida finita que un día devolveré e Dios, ya no tengo pena de lo que sufrí, de la locura en que caí durante años, y, como la madre de aquél joven mendocino asesinado en 1976, aprendí a hacer blasón de lo que para ellos, para el genocida, y el apátrida, para el mercenario y sus apoyadores civiles y eclesiásticos, es y será siempre baldón.

En esta Navidad, siento llegar esa hora de luz que se anuncia para el mundo y a todos y todas los hombres y mujeres de bien, deseo Feliz Navidad.