Esto y aquello

fotoAyer a la noche, leía la novela Casas Muertas, del venezolano Miguel Otero Silva. Al hacerlo, me di cuenta de que la lectura me iba llevando a un goce estético dado por la maestría narrativa del autor, pero al mismo tiempo, algo más estaba ocurriendo.

Una parte mía disfrutaba del escrito en sí: el pueblo de Ortiz, en la región del Llano, renaciendo de la decadencia gracias a las preguntas de Carmen Rosa a las personas que conocieron el florecimiento del lugar. Y otra parte mía, talvez mayor, no lo sé, viajaba hacia aquello que el relato describía: la quema de fuegos artificiales en la fiesta de la patrona de la ciudad, Santa Rosa.

Los buscapiés, las cañitas voladoras, las ruedas de fuego girando incendiarias en la noche. El padre Franceschini evocaba otros padres que conocí, otras hermanas católicas trabajando con los pobres. Pero lo que quiero subrayar ahora es ésto: que lo que está aquí, esa noche y ahora, el presente, es siempre más que lo que está aquí. Lo que está aquí es más que la lectura o la escritura. Es la vida evocada, infinitamente mayor.