Escribiendo y pintando

telaNo siempre hay algo que escribir o pintar, y sin embargo uno va a la hoja y garabatea algunas cosas. Sean palabras o imágenes coloridas o en blanco y negro. Como cuando éramos chicos. Unos garabatos hacen bien.

Pasar el lápiz por la hoja pensando en aquella mujer bella que te gustaría dibujar. Que alguna vez viste o soñaste o imaginaste. Talvez aquella estatua del rosedal de Mendoza, inmemorial, que veías en tus tiempos de estudiante, en tantos otros tiempos después, y ahora.

O aquel sol que pintaste ayer, siempre el sol, tanto sol, sal. Un sol enorme, como tantas otras veces. Un sol amarillo ocupando todo el cielo. Amarillo expandiéndose hacia todos lados, anaranjado, ocupando todo el cielo.

O entonces ahora, esta mañana de domingo, donde otra vez vuelves a tu lugar, esa tela, esta hoja, ese tejido que te contiene, en el cual te apoyas, y que te comunica. El lugar que te pertenece. Sos ese lugar.

Y desde allí miras en todas las direcciones, hacia todo tu alrededor. Como si vieras –y ves– todo lo que has escrito en tu vida, todo lo que pintaste y dibujaste. Los colores se ven como sobre las montañas del entramado de la hoja, un amarillo y un rojo, anaranjado y rosado, verde.

El marrón y el gris de las montañas, el blanco. Entonces sabes, estuviste siempre allí. El río que baja de la montaña. Los sauces. Las piedras, los cactus, la jarilla, los chañares. Los algarrobos.