¿En qué Dios Creemos? por Inés Riego de Moine

Una vez más como todos los fines de año, el clima de la Navidad y de Año Nuevo nos invita a reflexionar sobre el sentido de lo que vivimos, que en gran medida está fundado en el sentido de lo que creemos, y si lo que creemos tiene sentido entonces hay razones para la esperanza. En este tiempo nos reunimos más de lo habitual, nos regalamos, disfrutamos del encuentro, brindamos y festejamos… ¿por qué? Porque la vida merece ser festejada por sobre todas las cosas, el amar y el sabernos amados, tanto de los que están como de los que se fueron antes que nosotros. La vida humana sin amor es un absurdo de la existencia, en la misma medida que una vida privada del aroma exquisito de la esperanza.

¿Podríamos vivir sin razones y sin voluntad de esperanza? Imposible para nosotros, simples ciudadanos de a pie, revestidos de “cosas” pero esencialmente “frágiles y desnudos” ante el espejo de la verdad. Porque hay voluntad de esperanza hay siempre razones para ella. Pero ¿en qué consiste esa “esperanza”, que no es sólo una palabra bonita para teólogos? En esa “espera” silenciosa de que se alimenta la vida cotidiana, aún sin percatarnos de ella. Esperamos en la vida, en los otros, en la realidad, en la “idealidad” que soñamos, en el sentido, en la justicia, en el amor que profesamos y que nos profesan, en que la inmortalidad nos espera tras la muerte y tantas otras formas de esperar…

Pero, ante todo, esperamos en Dios, por eso también -y notoriamente en estas fechas- le damos nuestro Sí, queremos que Él exista, lo convertimos en ‘esperable’, aunque a muchos de nosotros el tema “Dios” nos produzca escozor: la misma palabra Dios nos habla de “algo” sumergido en un mar de dudas. Pues bien, ¿de qué Dios hablamos?, ¿en qué Dios creemos? Éstas son algunas de las respuestas de las que estoy íntimamente convencida, y que quizás sirvan de punto de apoyo y reflexión a muchos que se confiesan creyentes de las grandes “religiones del libro”: judaísmo, cristianismo e islamismo. El Dios en el que creo sabe “dictar” respuestas racio-cordiales, y por lo mismo merecen que las compartamos:

Mi perplejidad continua ante el enigma del universo y su realidad autoevolutiva tendría un sentido, una meta en un Dios creador, alguien que fuera alfa y omega del gran ser bio-cósmico -el universo- que nos cobija, tornando quizás obsoletas las contiendas entre finalistas y evolucionistas, entre creacionistas y darwinistas, pues ¿qué le impide a esta realidad autosustentante, evolutiva y creadora, admitir a su vez un principio divino que sea su soporte providente y su inteligibilidad suprema?

Mi existencia, amenazada de continuo por el vacío, el sinsentido y la despersonalización enajenadora de una sociedad esclava de la violencia, el individualismo, el hedonismo y el consumismo encontraría un sentido liberador de aquel ‘hombre unidimensional’ de que hablaba Herbert Marcuse, y crearía nuevos caminos de diálogo y encuentro con la realidad y los demás hombres. Entonces este ser inquieto y eternamente insatisfecho que me constituye y cuyo deseo infinito me lanza hacia todo lo que no soy y quiero ser – “el hombre sobrepasa infinitamente al hombre” decía Pascal -, no sería vano, ni absurda ‘pasión inútil’ (Jean Paul Sartre), ni ‘ansia de lo imposible’ (Albert Camus), ni ‘insoportable levedad’ (Milan Kundera), ni ‘idea muerta’ (Michel Foucault), como los maestros del pesimismo contemporáneo han pretendido hacernos creer, a pesar que a ellos les debemos el no dormirnos en la cuna remolona de nuestras creencias.

Mi sufrimiento, inevitable ante el infortunio, la enfermedad, la vejez, la muerte, el dolor del otro, el mal y las mil formas en que se manifiesta mi condición de ser humano frágil y contingente, ya no sería definitivo sino destinado a encontrar un sentido en el gran fin salvífico que me aguardaría al amparo de la mirada misericordiosa de un Dios que me amara infinitamente.

Yo quisiera un Dios que me consolara tanto por la poquedad de mi vida como por la abundancia de maldad de una humanidad capaz de generar muerte, dolor y hambre en el desvalido rostro del prójimo burlando la inviolabilidad del mandato universal al amor, aunque el misterio del mal en el mundo me enterrase antes de poder descifrar su sombrío designio.

Yo quisiera finalmente un Dios a quien pudiera mirar a los ojos, un Dios personal, cuya existencia personalísima descubriría en mi interior gracias al increíble acontecimiento de haberse abajado a la condición humana, para tomar contacto directo conmigo, demostrándome así la humildad de su presencia y la infinitud de su amor. En ese Dios cuyo amor me cautiva y me transforma absolutamente, aunque yo no le corresponda en su altura amorosa, quiero yo creer y quisiera invitarte a creer. Un Dios que ha querido hacerse niño para poder mirarnos “al nivel de los ojos” y proponernos en esa mirada un puente para salir de la soledad, la desesperación y el abandono. En esta Navidad la luz de la eternidad nos acaricia el rostro para ya no dejarnos, ¿puede haber un gozo mayor?

La autora es doctora en Fiosofía y presidenta del Instituto Mounier Argentina