El testigo

Eres mi hermano, sí, lo reconozco por la forma que tienes de dirigir al cielo las palmas extendidas; tus dedos no se cierran sobre duros guijarros, te colma el verde gozo, su tesoro radiante, aunque tienes el aire desvalido.

Eres pobre y oscuro pero sabes que cada día tiene al menos un minuto que desde todo tiempo te esperaba. Tú dejas a los otros desatar su malicia; has compartido su calor salobre, el pan de su miseria, pero también es tuya la amistad inviolable del árbol y la piedra, y conoces el canto inmemorial de las aguas.

Miro la grave arena que lentamente fluye por tus venas abiertas; eres, ay, el testigo, el elegido amargo. Eres tú quien levanta la incesante muralla, la perenne memoria de derrumbados días.

Yo conozco tu nombre verdadero, bajo tristes harapos reconocí la huella de tu casta. Este es tu reino y sé que en todo tiempo volverás a esta tierra de escombros y delirio. Es el mundo que amas.

Volverá a perseguirte el graznido del pájaro en otras madrugadas y ocuparás de nuevo tu sitio bajo el sol. Tendrán tus tibias tardes con olor a naranjas, esta misma pereza que estira el lomo del invierno… Hermano mío, oscuramente vives pero sabes que tienes la semilla dorada.

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