El placer de ser y de vivir

Con frecuencia nos preguntamos: ¿qué debería hacer? No está mal que uno se haga esta pregunta. Al contrario, el sentido de lo ético está profundamente enraizado en esta indagación.

Pero hay otra pregunta, tan o más importante que la anterior, que es: ¿qué quiero hacer? ¿qué me gustaría hacer? ¿qué es lo que, realizado o al realizarlo, me da placer?

Placer y deber parecen campos contrapuestos. En algún sentido, lo son. Pero desde una perspectiva integrativa de la persona, es sabido que debe y puede pensarse en un “deber de placer”.

La obligación de disfrutar de la vida. La necesidad de gozar del mero hecho de existir, respirar, ver oír, tocar. Cada sentido humano es uma celebración.

Nos han inculcado sentidos de la vida lejanos y distantes. El más allá. El consumo. Pero hay un placer inmanente en el hecho de existir. Y esta alegría de vivir es integradora y contagiosa.

La persona feliz irradia bienestar. Y esta sensación no proviene tanto de lo que tiene, sino de lo que es. No tanto de la propiedad, sino más bien de la propia existencia.

Volver a disfrutar de la vida, gozar profunda y essencialmente del hecho de que estamos vivos. Es un deber placentero. Y una necesidad.