Cuando vuelven las hojas

Muchas veces, cuando andas por ahí, vienen las hojas. Vuelven las hojas que escribiste y las que leíste. Aquellas que se tornaron parte de tu vida, pues has ido recogiendo, con el tiempo, pepitas de oro que a veces lees en lo que escribes, a veces lees en lo que lees, a veces lees en el libro del mundo y de la vida.

Y cuando vuelven las hojas, como ayer a la tarde, como tantas otras veces, otras tantas tardes, te sientes envuelto en un capullo que vos mismo fuiste creando, en esta lenta tarea de dejar que la vida baje a las páginas.

En esta lenta tarea de irte encontrando en las páginas de los libros que fuiste leyendo, que fuise escuchando cuando eras chico. Los cuentos que tu mamá te contaba, las canciones que tus abuelas cantaban.

Y en este volver de hojas, que va construyendo para tí veredas en el cielo, o hacia el cielo — a veces uno no encuentra bien la forma de decir algunas cosas que son muy ciertas y evidentes, pero no fáciles de transmitir con palabras — cuando vienen las hojas y ellas te envuelven en este otoño interminable en el que vienes internándote desde hace ya tanto tempo, ese dulce oro, esas hebras de sol que te rodean y te sostienen, son la evidencia de la fe en que te apoyas y que te alimenta.

Cuando vienen las hojas, dejas que te envuelvan. Han de envolver a tantas otras personas en el mundo, que en tantos otros tiempos, ahora y siempre, se han venido cobijando en las páginas que ellas mismas fueron construyendo con sus actos, con sus trabajos, con sus manos, com sus sueños, con su amor.

Pues el motorcito que nos mueve en la vida, todo el mundo lo sabe, es el amor. Es el amor quien pinta ese triste oro de las tardes, ese portal de eternidad que se abre para dejarte ver un vislumbre del lugar al que perteneces, esa morada de paz y de luz que eres tú mismo, que es tu propio corazón.

Cuando vienen las hojas, como ayer a la tarde por las veredas del cementerio, la familia en procesión despidiendo a Dona Marieta, escuchaste una vez más lo que sabes, lo que todo el mundo sabe: que sólo el amor permanece. Sólo el amor vence a la muerte.

Cuando vienen las hojas, como las de aquellos almanaques que cuando eras chico veías, con una hoja para cada día, sabes que las hojas han ido pasando. Como pasó tu madre Gita, como pasó el Padre Comblin, como pasaron Mamina y la abuelita Oliva, como pasaron Ramón y Carlos, como pasó Feliciano Muñoz, como pasó Chogo, Juan Lazarte, como pasó Dom Fragoso.

Como pasaron todos los que pasaron antes de tí, como fue recordado ayer por el Hermano Alder Calado, en el velorio de Maria de Oliveira Ferreira. María de Oliveira Ferreira. Recordarías este nombre. Recordabas su sonrisa, sus chistes, su alegría de vivir. Esa luz en ese rostro que resistió a la muerte tanto cuanto pudo. Cuando vuelven las hojas. Vas viendo las hojas que te envuelven, las hojas que el viento sopla. Sos una hoja que pasa.