Cuando lo mínimo es lo máximo

En muchas oportunidades, en la vida, nos vemos en una situación en la que son muy pocas cosas las que podemos hacer.

Tal vez una compra en algún negocio del barrio. Algo mínimo, si lo comparamos con otras épocas en las que acostumbrábamos hacer muchísimas cosas.

Y es justamente este hecho, de que por distintos motivos nos veamos limitados a lo mínimo, lo que me llama la atención.

Con el pasar del tiempo, la tendencia es que vaya disminuyendo el número de actividades de las que participamos.

Cada pequeña cosa, entonces, es muy importante. Siempre lo fue, pero es cuando nuestra capacidad de acción disminuye, que esto se nos hace más evidente.

Entonces lo mínimo es lo máximo. Y si lo mínimo es lo máximo, entonces ya no es mínimo, es máximo. Parece un juego de palabras, y es jugando como vamos llegando a la realidad.

Ir a hacer esa compra en el negocio del barrio, por lo tanto, ahora es algo pleno de sentido Me llena de satisfacción poder hacerlo.

Así como escuchar el canto de los pájaros, que antes me pasaba desapercibido, cuando estaba ocupado con muchas cosas. O sentir el viento pasando. Todo se hace mágico.

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