CRISTIANISMO Y CIENCIA, por José Comblin

Entre la modernidad y el cristianismo, hay un antagonismo que va todavía más a fondo. La posición defensiva adoptada por la teología y por la jerarquía tendía a despreciar el trabajo de la ciencia. En el mejor de los casos, seria una competencia con la ciencia sagrada el tiempo y las energías dedicadas al trabajo científico podrían haber sido reservados a la ciencia más elevada que es la ciencia de Dios. Pues la ciencia de Dios sería más elevada que la ciencia de las criaturas.

El antagonismo entre modernidad e Iglesia se acentuó cuando los hombres de Iglesia se apartaron de la ciencia, entregándola a un mundo inferior. Sin embargo, de que serviría una ciencia de Dios no fundada en una ciencia de la creatura? ¿Cómo evitarían una fuga en un mundo mítico de hombres puramente dedicados a una ciencia de Dios? ¿Puede justificarse que una persona se dedique enteramente a las llamadas ciencias sagradas sin nada de ciencia humana? Ciertamente esta perdería rápidamente el contacto con la realidad. Por eso, personalmente no podemos comprender que haya teólogos que también no se dediquen a una o varias ciencias de este mundo.

¿Qué es lo que nos enseña la fe? Qué Dios entra en este mundo y se vuelve objeto de conocimiento y de acción para nosotros, por medio del Espíritu. Sin embargo, el Espíritu penetra en el cuerpo, anima al cuerpo de los hombres. El Espíritu actúa en el cuerpo y por medio del cuerpo. No hay ninguna posibilidad de actuar en Dios y de Dios a no ser por medio de acciones corporales en este mundo. La acción que el Espíritu estimula y conduce es una acción en este mundo por medio de nuestro cuerpo.

Sin embargo, es imposible actuar por el cuerpo sin ciencia. Todo aumento de nuestro actuar en este mundo supone más ciencia. Actuar bajo el movimiento del Espíritu exige cada vez más ciencia. El Espíritu, no deriva de la ciencia, pero la exige. Por eso no es indiferente que la ciencia se haya desarrollado a partir de la cristiandad. El cristianismo le daba las condiciones para adquirir un elevado sitial epistemológico. El clero no lo entendió. Pero los científicos fueron más cristianos que el clero. Sabían que para actuar en el Espíritu debían desarrollar sus capacidades de acción.

El espíritu quiere la liberación de la humanidad. Pero la liberación requiere de un progreso sin fin de las ciencias. Cada aumento de la comunión entre los hombres exige más ciencia; más producción de bienes materiales, más salud del cuerpo, más conocimiento de los dinamismos del ser humano y de la sociedad.

La ciencia procedía del Espíritu. Hasta el siglo XVII los cristianos tuvieron conciencia de eso. A partir del siglo XVIII esa conciencia se apagó. Todavía no volvió plenamente a la Iglesia.

Sin embargo, no podemos entrar en las críticas a la ciencia, si no le asumimos todo su valor. En el pasado, los teólogos alimentaron una ardiente polémica contra las ciencias. Supieron aprovecharse de todas las flaquezas, los errores, los excesos, los desmentidos, los giros para desacreditarlas. Pero esa crítica negativa solo sirvió para desacreditar a sus autores. La ciencia continuó su trabajo, corrigió sus errores, y se apartó del cristianismo. Quedo en una situación de ignorancia y tolerancia reciproca. Esta situación vuelve imposible la evangelización.

Para evangelizar la modernidad precisamos restituir el papel a la ciencia el papel que posee en el Espíritu. Basta recordar la resonancia de Teilhard de Chardin no solamente en el mundo científico, sino en el mundo moderno en general. Solamente porque supo apreciar las ciencias.

Si damos la impresión de que la Iglesia podía subsistir sin la ciencias, de que el mundo podría cumplir su vocación sin las ciencias, que estas no son indispensables para el destino cristiano del mundo, entonces la evangelización es imposible. Entonces inventamos un cristianismo místico, espiritualizado, muy lejano del Espíritu de Jesucristo.

Si el cristianismo consiste en dar comida a quien tiene hambre, ropa a quien está desnudo, visitar a los enfermos, a los afligidos, a los presos, entonces las ciencias son indispensables y hacen parte del cristianismo, porque nada de eso es posible sin las ciencias.

El conocimiento cristiano consiste en esto: ¿Qué es lo que tengo que hacer con los hambrientos, los oprimidos, los abandonados de este mundo? A esa pregunta responden dos tipos de conocimientos: un conocimiento científico que enseña los medios prácticos y una enseñanza poética que muestra el camino a seguir, despierta la responsabilidad y muestra el significado de ese actuar. Ambos conocimientos se completan y se interfieren. No son paralelos.

Una vez reconocido el movimiento científico en la amplitud de su valor, entonces, podemos asumir las críticas al conocimiento científico que se acumularon en este siglo. Por cierto, esas criticas, de modo alguno, frenaron o interrumpieron el trabajo de las ciencias, él está más desarrollado que nunca. Permitieron corregirlo, mejorarlo y volverlo más eficiente, por ser más conciente de su naturaleza. Nuestras críticas a las ciencias no pueden tender, de modo alguno, a limitar el trabajo científico. Por el contrario, han de ayudar a la ciencia a ser más rigurosa y más ella misma.

(traducción del portugués de pp. 352-354 de A Forca da palavra de José Comblin, Editora Vozes, Petrópolis, RJ, Brasil, 1986).

Fonte: Somos Iglesia Chile, Opción por os Pobres

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