Creciendo

Ayer pensaba, como tantas otras veces, en lo que aprendido y sigo aprendiendo con hechos del pasado a los cuales asocio emociones e ideas como: abandono, traición, abuso, injusticia.

Me doy cuenta de que el haber vivido tales situaciones y las emociones e ideas asociadas a ellas, me ha ido capacitando para adquirir la condición de ser más acogedor y amoroso; más confiable e íntegro, más coherente; más respetuoso y justo.

En otras palabras, verifico lo que aprendo en la Terapia Comunitaria Integrativa: la carencia genera competencia. Las heridas del ayer, cicatrizadas, me capacitan para actuar hoy, en el sentido de reparar, sanar. No a los demás, sino a mí mismo.

“Yo no nací para sufrir, pero el sufrimiento puede servir para mi crecimiento, si tengo la humildad necesaria para comprender,” dice Adalberto Barreto, creador de la TCI. Había tenido durante el día, aquella sensación que llamo de “río interno.”

Una sensación como de tristeza. Llanto. Cuando viene esta sensación, me alivio. Me igualo com el mundo vasto a mi alrededor. Me uno concretamente con mi pasado y con las personas que he ido conociendo en la Terapia Comunitaria Integrativa. Gente que sufre o sufrió, y que sigue la vida más fuerte y más confiante. Más resistente y más firme.

El objetivo de la TCI es que la persona se transforme en su propio terapeuta. La experiencia enseña, si es que estoy dispuesto a aprender. Esto demanda una atención y un trabajo continuo sobre mí mismo, y en mi relación con los demás.

Entonces me enriquezco con el diario vivir. La vida se hace más sabrosa. Tiene más sentido. En vez de vivir reaccionando al pasado o a muchos hechos traumáticos del pasado, envenenado por el rencor y el odio, por el deseo de venganza o revancha, o por el resentimiento, de toda esa oscuridad voy haciendo luz. Una luz concreta y visible, que puedo ver muchas veces en pleno día, en mi interior. Esta Navidad sí que es un nacimiento.

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