Creciendo

A veces no puedo dormir. El sueño se aparta un poco, para dejar lugar a alguna actividad que se realiza a estas horas de la madrugada. Muchos pensamientos. Sensaciones. Sentimientos. Proyectos. En todo caso, allá vamos. Recuerdos de un pasado que no pasa, y que, por motivos que desconozco, se ha transformado en un feriado nacional argentino: el aniversario del golpe militar de 1976. 24 de marzo es ahora un feriado. Ahora no sé hace ya cuántos años. Ciertamente, no creo para nada, que sea saludable el recuerdo de lo que fue ese golpe de estado, uno de los más crueles en toda la historia no solo argentina, sino mundial.

Talvez este sea uno de los motivos de mi insomnio. Puede ser esto, pueden ser otras cosas. También a estas horas de la mañana, es como que hay una invitación a seguir consolidando un mundo interno y externo que voy haciendo cada vez más mío, a través de la labor poético-literaria. Esa construcción cotidiana de una realidad más habitable porque tiene más mi propia cara. Sea por el motivo que sea, aquí estoy, con las letras, abriendo un espacio para la conciencia. Un espacio para el diálogo. Recuerdo que cierta vez Dom Fragoso me dijo que dejara venir las memorias dolorosas, y que el ángel de la paz me guiara.

Dejo venir esas memorias, que me atormentaron durante años, y que cuando vuelven siguen doliendo. No del mismo modo, porque por suerte uno va reelaborando el sentido de estar vivo. Y lo hago en público, porque no hacerlo sería ceder al miedo, ese miedo que intuyo se quiere perpetuar en la población argentina, a través de la institución de ese feriado absurdo, en el que se recuerda perversamente lo que es necesario olvidar. No se puede vivir con miedo. En algún momento, uno puede seguir dando pequeños pasos en dirección a una vida más plena. Una vida más libre. Eso es lo que estoy tratando de hacer ahora.

Tratando de abrir un espacio para una reflexión que pueda aportar algo de luz a este tema que cuando vuelve, duele. El miedo. El terror. Yo creo que ese recuerdo puede tener un efecto positivo si recuerdo como fui capaz de crecer gracias a la situación de amenaza y de miedo generalizado creada por la dictadura. Cuántos recursos interiores activados para poder sobrevivir. La solidaridad, en medio de una situación de impotencia y soledad. Pero continúo creyendo que no es sano ni saludable perpetuar la memoria del horror. No creo que esto les haya servido a los judíos que sobrevivieron al holocausto nazi, para ser más humanos.

Quien sabe podamos, los argentinos y las argentinas, dar algunos pasos en dirección a nuestra efectiva liberación, el día en que nos atrevamos a pensar que nuestro país no puede ni debe estar en manos de un partido o de una ideología. Dirigir nuestra mirada hacia los valores de la población que trabaja. Los valores que se cultivan entre las personas que producen. Ir generando autonomía y auto-confianza en las personas y las comunidades. Entonces, más allá de la retórica siniestra y de la contínua evocación de la dictadura y sus horrores, a la cual macabramente se entrega la prensa y tanta gente a lo largo de los años que nos fue dado vivir después del genocidio, podremos pensar que sí valió la pena haber sobrevivido.

Saber que permanece en la base de la sociedad, en esa mayoría que se quiere mantener sojuzgada a traves del miedo y el engaño, el valor de unirse rumbo a la construcción de un país verdaderamente para todos y todas. Y aquí es donde creo que puedo poner un granito de arena, al mencionar algo a lo cual me vengo dedicando, y que tiene el poder de ayudar a que salgamos de la condición de víctimas y empecemos a cultivar más nuestra auto-estima: la Terapia Comunitaria Integrativa. Una tecnología de cuidado y de creación y fortalecimiento de redes solidarias, que ya viene extendiéndose por varios países de América Latina, incluyendo la Argentina.

Uno de los ejes de esta acción voluntaria, es la resiliencia, las competencias que adquirimos a través de las carencias y del enfrentamiento de las adversidades. Otro de los ejes de esta acción comunitaria, es la pedagogía de Paulo Freire, que valoriza el saber popular, como una fuente de empoderamiento de las personas y las comunidades. La valorización de la experiencia, en vez de la actitud colonizada de atribuir nuestro valor y nuestros méritos a lo que viene de afuera o de “arriba”. Creo que debemos ir pensando cada vez más en lo que nos hace bien, y no en lo que nos hace o nos hizo sufrir.