Cortázar, un poeta olvidado

fotoPor Agustín De Beitia , Jorge Martínez

Hay otro Julio Cortázar, distinto del que se hizo conocido a partir de los 70. Un Cortázar de formación humanista, con una impronta poética, no solo un cuentista, que abrevó en grandes maestros espirituales, en la filosofía y en cierta religiosidad. Un ingenuo que abrazó la revolución de Cuba y Nicaragua, e incluso a la izquierda peronista, creyendo que conducirían a una revolución espiritual.

Ese semblante de Cortázar, incómodo, que traza la profesora Graciela Maturo, surge de años de estudio sobre su obra y de intercambio epistolar con el autor, con quien llegaría a forjar una amistad.

Maturo, doctora en letras y profesora universitaria, escribió uno de los primeros libros sobre el autor, Cortázar y el hombre nuevo (1968), y ahora acaba de publicar un nuevo volumen titulado Julio Cortázar, razón y revelación (Biblos), donde incluye gran parte de esas cartas.

Al cumplirse cien años del nacimiento del autor de Rayuela, la profesora recibe a La Prensa en su departamento del barrio de Palermo, donde, en una biblioteca repleta de libros, una fotografía la muestra junto a Cortázar quien, distendido, conversa con un grupo de amigos.

Maturo cuenta que empezó a leer a Cortázar “cuando todavía no era famoso” en Mendoza, donde ella había ido a vivir a Mendoza en 1947, casada con el poeta Alfonso Sola González. “Heredé la fama y los apuntes de Cortázar” en la Universidad de Cuyo, dice. El escritor había dado allí clases de literatura francesa hasta el “45 y sus apuntes versaban sobre los simbolistas y los surrealistas franceses.

La profesora notó su gran admiración por Rimbaud, leyó un comentario suyo sobre Keats, y cuenta que percibió en él “una formación humanista que -lamenta- no conocieron los jóvenes que comenzaron a tratarlo a partir de los años “70”.

“Cuando se publicó Bestiario empecé a interesarme por su obra. Descubría en él una faceta poética que confirmé cuando publicó Rayuela. Entonces, en el año “63, decidí escribirle al consulado de París, lo cual era como lanzar una botella al mar. Tardó unos meses en contestarme porque no estaba en París”.

– Cuando le escribió fue porque usted ya había empezado a trabajar en un libro sobre Cortázar, ¿no es así?

– Exacto. Decidí iniciar un libro total sobre la obra de él y me interesaba mucho por la poesía. Le pedí que me diera a conocer su primer libro de poesías, que él había retirado de circulación. Ante mi insistencia, él autorizó a la madre, doña María Herminia Descote, a que me diera el libro.

– Ese fue el comienzo de una larga relación…

– Sí. Una amistad y un estudio permanente de su obra. En una de sus cartas, él me dice que yo soy una excepción porque en general se lo considera un cuentista. Y me mandó originales suyos de poesía por correo. Me mandó “Meopas y pameos”, un título que a mí no me gustaba porque entraba en la vertiente irónica de la poesía. Cortázar es un poeta fantástico.

MIRADA POETICA

– ¿Cómo era Cortázar personalmente?

– Una persona encantadora, de una gran dulzura y bondad. Muy generoso. Se prodigaba en las charlas, en las cartas. Nunca abandonó esa lucha que está tipificada en Un tal Lucas como la lucha contra la hidra, contra el mal, por un lado, y por otro su compromiso con la razón poética.

– Usted encontró otra imagen de Cortázar distinta a la que prevalecía. Una visión que parte desde la poesía.

– Sí. Yo entiendo que la poesía no es un mero trabajo sobre la página. La poesía es todo un camino espiritual, de descubrimientos, de intuiciones muy reveladoras.

– La otra visión sobre Cortázar era más sociológica…

– Sí, una visión más atenida a su aproximación a Cuba, a Nicaragua, incluso a la izquierda peronista. Pero yo creo que él -y lo hemos hablado bastante- se ilusionaba con que la revolución política terminara asimilando esa otra revolución profunda a la que él adhería, una revolución espiritual. Es la que se expresa en su poesía. Al fin, a un escritor se lo debe juzgar por su obra y en ella no aparece el marxismo para nada. Sí se aprecia su aproximación a los grandes maestros espirituales, a la filosofía, e incluso a cierta forma de religiosidad sobre la cual hemos hablado desde mi primera carta. Yo le decía que siempre él estaba al acecho de “lo otro”, de “una otredad” radical y profunda. El lo admite en su primera carta.

– ¿Cómo era esa religiosidad?

– La religiosidad de Cortázar es inicial. Está expuesta en los sonetos del libro Presencia. Incluso en la adopción del género soneto. Porque él lo cultivó durante toda su vida. Y así lo admite en su libro autobiográfico Un tal Lucas. Las formas en la poesía no son vacías. El soneto corresponde a la concepción del mundo del humanismo. No es propio de la modernidad irreligiosa. Está ligado a una corriente espiritual. Cortázar, cuando habla del pintor italiano Masaccio en otro poema de la época, que creo que está Preludios y sonetos, dice que Cristo vuelve a ser Orfeo. Es la visión de Cristo que tiene el Renacimiento.

INGENUIDAD

– En el libro Julio Cortázar y el hombre nuevo usted se refiere al hombre nuevo de San Pablo, no al del Che Guevara. Eso es lo llamativo.

– Sí, así es. Claro, no voy a negar esa aproximación de Cortázar tan ingenua como la de muchos otros, entre los cuales me incluyo. Yo también en los años 70 creí que podía haber una transformación de las juventudes americanas y otro tipo de revolución. No la revolución de Castro ni la de Chávez. Sino una más profunda, menos atenida al autoritarismo. Cortázar fue contrario a todo autoritarismo.

– Hasta cierto momento él fue coherente con esa visión, pero después adhirió a esos regímenes. ¿Fue una persona ingenua en ese sentido?

– Cierto margen de ingenuidad hay en él. Pero también es cierto que él formaba parte del Tribunal Russell, que se indignó con el caso del poeta cubano Heberto Padilla (desencantado con la revolución y arrestado) y que firmó una famosa declaración de intelectuales del mundo donde también estaba Sartre. En Sartre también se da esa hibridez: apoyar la revolución pero rechazar su autoritarismo.

– A lo largo de los años, ¿qué le decía Cortázar cuando usted le expresaba esa visión sobre él mismo, esa visión paulina?

– El decía que había pasado a interesarse por las ideas de Ernesto Cardenal en Nicaragua. Cuando Cortázar vino en el 73 ya se había relacionado con la izquierda del peronismo y entonces me dijo: “Ahora estarás contenta: me hice peronista”. Y yo le respondí: “Y, bueno, ahora ya no lo soy más”.

USO DE SU IMAGEN

– ¿Hubo una instrumentación política de la imagen de Cortázar?

– Fue usado por la izquierda, que lo quería transformar en una especie de Che Guevara de las letras, y por la sociedad consumista. Pero después pasó ese furor. Actualmente en la Argentina se está haciendo muy poco por su conmemoración desde los organismos oficiales.

– ¿Cree que hoy en el ambiente de la crítica, entre los escritores y entre quienes forman la opinión editorial, la obra de Cortázar perdió vigencia?

– Claro. Son una minoría los críticos que estiman su pensamiento. Escuché a algunos críticos, profesores, investigadores, que decían que no se puede negar que es un gran cuentista pero sus novelas han perdido vigencia. No estoy de acuerdo. Negarle vigencia a sus novelas y ensayos, que a veces se mezclan, es negar su pensamiento. Como cuentista no les molesta. Sus cuentos envuelven al lector en una fascinación, en una atmósfera mágica, donde todo sucede, donde lo cotidiano y lo sobrenatural se mezclan. El es un surrealista. Aunque a él no le gusta pertenecer a la capilla de André Bretón. Por eso yo lo llamo “superrealista”.

Fuente: La Prensa
http://www.laprensa.com.ar/426459-Cortazar-un-poeta-olvidado.note.aspx

Bibliografía:
Graciela Maturo, Julio Cortázar, razón y revelación (Buenos Aires: Biblos, 2014)

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