Conteniendo

Ya ha comenzado el día. Has ido a la playa. Has visto el mar y caminado por la arena. La gente alrededor del busto de Tamandaré. Alguna corrida de motos. Una rama florida, de duraznero o de damasco, de almendro: la ves cuando entras al cuarto de pintura. Algo como un silencio sólido te envuelve, te contiene. Estás donde deberías estar, donde debes estar. Escribes cosas que vas viendo, que vas vivendo. De pronto alguien las lee y trae sus cosas también, se instala el diálogo, tan fecundo.

Cuando escribo estoy donde debería estar, soy lo que debo ser. Al escribir, lo que he leído a lo largo de mi vida, lo que he ido aprendiendo en las diversas circunstancias, se compacta, se condensa, se transforma en letras y palabras. Las palabras en párrafos, y estos en capítulos que llevan algún título. Así las hojas se van yendo, se van pero se quedan, revolotean como cuando en verano o en invierno o en primavera o en el tempo que sea, las hojas hacen remolinos y dan vueltas, giran y dan vueltas.

No pretendo escribir como alguien que admire, sino de las formas como me va viniendo de escribir. Admiro y admiraré a muchos escritores y escritoras, que sin duda contribuyen para que mi escritura sea de alguna forma una continuidad de la escritura general del mundo y de la vida, la escritura de la humanidad, esa escritura en que todo el mundo escribe y todo el mundo lee. Pero no trato de escribir como esos escritores o escritoras.

Trato de escribir como la palabra me va escribiendo, como la palabra va siendo en mí. Y esto es un  aprendizaje continuo. De pronto he pensado en pintar esas flores de almendro o de duraznero o de damasco, pero no sé si las pintaré, o si ya están pintadas, en algún lugar. No sé, y al no saber, es como un juego, como cuando uno anda por la vereda y alguien viene en sentido contrario, no sabes si pasarás del lado izquierdo o del lado derecho de la persona. La otra talvez tampoco sepa, y en ese juego, en esa incertidumbre, se repite la incertidumbre general de todas las cosas.