Camino

Me he habituado a escribir sobre temas que traten de llevar al público una actitud positiva. Estimular la esperanza.

Por supuesto, esto nos lleva lejos del mundo que tratan de imponernos desde los medios de “información.”

Con pocas excepciones, lo que se difunde desde esos espacios de manipulación, es desconfianza, miedo, desesperanza.

La vida va pasando, el final se va acercando, y no hay tiempo que perder. Lo que queda es tiempo para abrir los ojos, recuperar el sentido de ser capaz de vivir según valores y actitudes que nos honren, y darle a cada instante, a cada momento vivido, el valor incalculable que tiene.

Alguien podría pensar que este es un discurso vacío. No lo es. No hago propaganda de recetas mágicas. Trato más bien de compartir lo que voy descubriendo de fuerza potencial y efectiva de humanización.

Insisto en lo colectivo, los espacios de construcción ciudadana de la educación, el arte, la cultura, la amistad, la espiritualidad, la solidaridad. Aquí respiro mejor, encuentro más alegría, entusiasmo y fuerza para proseguir.

El recuerdo de mi familia, que me ayudó especialmente en momentos claves,  sigue siendo para mí una presencia esencial. He tenido la suerte de haber permanecido fiel a mí mismo, a lo largo del camino recorrido.

No es que no haya tropezado o caído, o que no me haya equivocado. Pero es que he ido haciendo las paces con esta persona que soy, que está lejos de ser perfecta.

Me doy cuenta de que mi camino hacia Dios, mi estar en el mundo, de manera única e irrepetible, me ha ido unificando con el tejido sutil de la vida.

Foto: Ronda de Terapia Comunitaria Integrativa.

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