Camino

No me vengan con la delincuencia política institucionalizada. Yo no soy un reformador político que vaya a limpiar el estado. Me he estado ocupando de criticar y combatir la destrucción minuciosa de la sociabilidad, la cultura y la democracia, que ocurrió en estos últimos cinco años.

Creo que ya está claro que esto no va más. Va ser preciso algo más que crítica y denuncias, para rehacer lo que el poder del dinero y la venalidad fueron capaces de minar hasta destruír casi totalmente. Ahora yo me pongo a pensar que puedo volver a lo que me compete.

No soy policía ni soy juez. Soy más bien alguien que estuvo tratando de traerse de vuelta de tantas destrucciones. Tanta alienación. Tanta sumisión a lo inaceptable. Déjenme ahora en lo que es mío. Esto de tratar de seguir haciendo que la vida valga la pena. ¡Cada pequeña cosa es tan valiosa!

No ceder el espacio del arte. No entregarle el alma al enemigo. Que no nos roben la luz interior, la fe ni la esperanza. Basta una palabra. Basta una persona. Quiero ser esa palabra, quiero ser esa persona. No por la brillantez o la espectacularidad de quien se cree más que los demás. Más bien al contrario.

Sé muy bien que sólo soy alguien en la medida en que estoy abierto a quienes me rodean, y abierto al mundo que me anida. La vida me dió duro. No más, sin embargo, que le dió duro también a tantas personas queridas y conocidas. Que este renacer mío dignifique todo lo que fué este caminar. Que mi estar aquí sea el florecimiento de cada uno de mis pasos.