Caminando

Empieza el día. Y me pongo a juntar pedacitos de vida. Impresiones. Sensaciones y sentimientos. Sentidos que se rehacen y se reorganizan al ir poniendo algo en la hoja. Por este acto y con este acto, me voy introduciendo en la textura de todo lo que existe. Me reconozco en el respirar. Y me voy bajando de algún lugar donde estaba y que no era mío. Vengo a mi lugar. Vuelvo a mí mismo. Se juntan mis caminos cuando escribo. Dejo una existencia extraña que me fuera impuesta o que yo mismo adopté para sobrevivir. Junto mis tiempos en un único tiempo.

Creo que cada uno, cada una, tiene sus motivos propios para escribir. Yo me nutro de aquello que algunas grandes escritoras y escritores han dicho y evidenciado con sus obras. Descubro que el escribir va adquiriendo más y más significado y sentido. Es pisar tierra. Tener un puerto. Un lecho donde descansar. Es abrir horizontes cada vez que la oscuridad y el vacío se ciernen. Es crecer desde la nada y rehacer la vida cada vez que se desvanece. Es ver en cada instante la suma de mis pasos. Algo tan precioso como el aire. Una puerta para lo eterno, si presto bastante atención. Pero la atención va y viene. Y yo también vengo y me voy.

Irá el sol hasta la noche. Y sea en el campo o en la ciudad, iré yo también buscando colores. Buscando caminos entretejidos con los hilos que he venido tejiendo. Aprendiendo a disfrutar de lo bello que hay por todas partes. Aceptándome a mí mismo tal como soy. Anidando a mi niño interior. Saber que hay una luz que me guía y que ilumina todas las cosas, tanto de día como a la noche. Sabiendo que el desconcierto y la perplejidad, la inseguridad y la indecisión, lejos de ser defectos o fallas, son algo natural. Piso las letras antiguas y nuevas que me sostienen y me sustentan. Trato de guiarme por lo que veo interiormente o lo que descifro al fluir por el mundo.