Britanny Maynard

Nadie ha permanecido indiferente ante la decisión que tomara la joven esposa de Dan Díaz a comienzos de este mes. Cada cual ha tenido o expresado su opinión y sus sentimientos ante el hecho, doblemente doloroso, del cáncer terminal y del suicidio asistido.

Como siempre, en mi doble condición de ciudadano y de creyente cristiano, ofrezco mi opinión como un aporte más al debate suscitado. Algunos párrafos han sido extractados de la Revista ‘Ciudad Nueva’-nov. 2014, “Brittany y el sentido de la vida”.

Sobre lo decidido por Brittany, considero que, en el fondo de nuestros sentimientos, subyace la interpelación por el sentido de la existencia del universo todo y de nuestra presencia en él.

Cada uno de nosotros ha llegado a este mundo sin pedirlo y/o quererlo. Ha sido el querer, el deseo y la voluntad de otros quienes nos han puesto en el escenario de la aventura de la vida. Y así como nos hemos encontrado rodeados por la presencia irrepetible de tantas personas, también hemos despertado a un universo y a un planeta que “nos ha recibido”. Se piense esto desde una postura teísta o agnóstica.

Ninguno de nosotros es -o podría considerarse- “hacedor” del big bang, de las miles de millones de estrellas con sus planetas, de la vida de los minerales, de los vegetales, de los animales y de la vida consciente. Con todo ello nos hemos encontrado al llegar.

Cierto es que la humanidad del planeta Tierra ha ido evolucionando a través de los siglos y ha ido agregando conocimientos y realidades a lo recibido. Así como, en ocasiones -hoy también- se ha empeñado en destruir lo dado y lo recibido.

Por otra parte, creo que pensar en “cómo se quiere morir” tiene que ver con “cómo se quiere vivir”, con el sentido que se le da a la vida, al dolor y al amor. Si bien morir es un acto individual y particular, también es un hecho profundamente social y propiamente humano. El hombre es el único ser que entierra a sus muertos y que ha construido una gran diversidad de rituales en torno a la muerte, para otorgar significado y valor a lo inexplicable, al misterio, a lo trascendente.

Respetando la decisión de Brittany, vale preguntarse ¿por qué ella no acertó a encontrar otro sentido a su enfermedad y a su vida? ¿Por qué una enfermedad puede hacer que ya no valga más la pena vivir?
Este sentido lo vamos descubriendo cada día. ¿Qué queremos dejar a nuestros seres queridos? ¿Qué enseñanzas? ¿Qué mensajes?

¿Qué bienes, ya sea materiales como espirituales? Es decir, el sentido lo encontramos, generalmente, en la relación que construimos con los demás. Y esto es siempre nuevo, siempre actualizable y siempre enriquecedor.

Muerte digna o suicidio facilitado

La divisoria de aguas se encuentra aquí.

1- Tanto las ciencias y las prácticas médicas como la opinión cristiana son contestes en que se debe brindar a un enfermo/a, sobre todo terminal, toda la asistencia necesaria para evitar el sufrimiento extremo y una agonía demasiado dolorosa y traumática. Se debe facilitar una muerte o partida de este mundo que vaya acompañada de la mayor serenidad y paz posibles. Y una muerte o partida que “evite el ensañamiento terapéutico”, es decir, la utilización de métodos y aparatología que prolonguen artificialmente la vida.

Hay que entender esta situación en el contexto de los grandes avances científicos en el ámbito de la salud que permiten una muerte medicalizada, que implica evitar el dolor hasta el último momento. Nadie debería, hoy en día, padecer dolores físicos insoportables, ya que los medios para mitigar el sufrimiento son posibles. Surge, por lo tanto, la necesidad de los individuos de recuperar su derecho a decidir sobre su propio cuerpo y sobre los tratamientos posibles. El “derecho a morir” puede entenderse como “la posibilidad de oponerse a la expropiación científica y técnica del propio cuerpo”.

En nuestro país, una serie de leyes de los últimos años apuntan al reconocimiento de este derecho: la ley de salud sexual y reproductiva, de contracepción quirúrgica, de fertilización asistida, de identidad de género y la llamada de “muerte digna”. En esta última se establece que cualquier persona en estado terminal (o su representante) pueda rechazar medidas terapéuticas que se consideren extraordinarias, es decir que ya no sean beneficiosas para el paciente.

2- Teniendo en cuenta la visión antedicha, muchos afirmamos que el “acortamiento de la vida” mediante el denominado suicidio asistido o facilitado carece de un verdadero sentido. Esto explica que muchos médicos que respetan a sus pacientes y a sus respectivas vidas, ante el dilema ético que se les presenta, opten por aferrarse a la muerte digna.
Algo que, además, debería tomarse en cuenta es la repercusión familiar y social que puede provocar un suicidio facilitado. Por experiencia vocacional, entiendo lo que significa el tener cerca, física y afectivamente hasta el final previsible, a un ser querido que está partiendo sin dolor y en paz. Pienso que es un derecho que no puede ser negado.

La cuestión, entonces, es: ¿podemos pensar en una autonomía totalmente individualista? ¿Qué lugar ocupa el otro en las decisiones sobre la propia vida? ¿Cada uno es responsable de sí mismo o somos responsables los unos de los otros? Britanny quizás nos muestra una cara de la autonomía propia de nuestra época, de aquella que se ejerce en soledad, ante la impotencia, el miedo y la falta de sentido.
Pero podemos pensar y construir otra manera de autonomía: aquella que incluye al otro, que tiene en cuenta lo que el otro piensa y siente, la que asume los problemas como colectivos y no como individuales; la que otorga sentido a la vida y a las relaciones; la que no excluye al amor ni la compasión ni la búsqueda de una mayor igualdad y tampoco excluye jugarse por quien nos importa.

Vuelvo al comienzo. El universo y nosotros somos “algo dado y recibido”. Nada ni nadie se hizo a sí mismo. Y así como el universo se encuentra en continua expansión y transformación hacia adelante, de igual manera sucede con los seres provistos de conciencia: somos un punto en la evolución hacia más. La muerte corporal es la puerta que se nos abre a un estadio superior.

Vicente Sebastián Reale es sacerdote católico adscripto a la diócesis de Mendoza-Argentina. Fue ordenado en mayo de 1962 y ha tenido distintas labores pastorales en la diócesis, como: párroco, miembro de varios equipos de pastoral, actuación en varios Medios de Comunicación. En los años '70 perteneció al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo de Argentina. En la actualidad, forma parte de los Curas en Opción por los Pobres, que es continuación del MSTM. Referido a la Opción por los pobres, ha intervenido personalmente -junto a sus comunidades- en la erradicación de varias Villas Inestables (favelas) ubicadas en distintas parroquias. En la actualidad, atiende a los pobladores de un barrio muy humilde ubicado en los alrededores del aeropuerto de Mendoza.

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