Alegría de vivir

Esa mañana se había levantado con una alegría extraordinaria. El sur, pensaba, el sur de Cortázar, esto que está aquí, el reino de Dios de Dom Fragoso, esto que está aquí.

Estas recurrencias le acompañaban mientras bajaba las escaleras hacia la planta baja donde estas palabras vienen a tus ojos.

Era como tener de vuelta esa alegría de niño esa alegría que se tiene sin saber que se tiene, pero se tiene, esa alegría que es tuya sólo por estar vivo, sólo por ser quien eres, sólo por estar aquí, en este mundo, en este tiempo, en esta casa, en este lugar, allí donde estés o donde estás, leyendo esto o haciendo cualquier otra cosa.

Bajas la escalera y sabes que ella duerme allá arriba. En algún otro lugar, tanta gente querida, algunos ya del otro lado de esa línea de llegada adonde llegas cuando te vas, adonde llegamos cuando nos vamos, eso que le llaman muerte, que sabes no le puedes escapar, no la puedes gambetear.

Pero puedes gambetear, has gambeteado toda tu vida y la seguirás gambeteando, como tanta gente, la otra muerte, la muerte en vida, la muerte previa, esa muerte en cuentagotas que acecha por todas partes como una invitación al aburrimiento, al cansancio vital, mejor dicho, a ese cansancio mortal que podría sorprenderte en la misma hora en que estar vivo, escribiendo o leyendo estas líneas o haciendo cualquier otra cosa, comenzando un día como éste, no te dijera más nada, no fuera para ti nada más.

Pero si el sur es esto y el reino de Dios está aquí, si eres ese rey del momento, ese señor del instante, ese guerrero del tiempo y la memoria, cada cosa que haces o dejas de hacer, este mismo instante que ya parece estar yéndose hacia algún lugar no sabes cuál ni dónde ni porqué, pero se ha estado yendo siempre y seguirá yéndose, es como correr atrás del viento, es otra vez, como siempre, como tantas veces, simplemente estar aquí y esto ser todo para ti, esto ser para ti lo mejor, lo único posible, la única aventura capaz de darte todo lo que necesitas, todo cuanto quieres y siempre seguirás queriendo, el único tesoro que te ha sido dado desde el origen de los tiempos, el mero hecho de ser feliz por estar vivo, por ser quien eres, la persona única en este planeta que ha tenido los padres que tuviste o que tienes, los hijos e hijas, la esposa, los hermanos y hermanas, los compañeros y compañeras de trabajo y los vecinos, la gente toda alrededor en esa tela increíble que es la existencia.