A propósito de libros

Había encendido el computador. Mientras apenas estuviera usándolo como tal, sin conexión con la red mundial de computadores, sería apenas eso, una máquina de escribir sofisticada, con papel y gavetas, bibliotecas y armarios, una ciudad de tiempo y de información, de sonidos y de recuerdos, imágenes y libros.

Se fascinó con esto por un instante. En algún lugar de la vasta mansión, la criada plancharía ropa. Los autos y ómnibus pasaban por la calle de al lado. El viento, soplando entre las ramas de la casuarina, le recordaba un poema de Fernando Pessoa.

Al poner un nombre con mayúsculas, la cosa empieza a cambiar. Al poner cualquier nombre la cosa cambia. Si en vez de la criada se da el nombre, todo cambia. Te puede procesar depende de lo que digas de ella.

Pero si no decís nada no te va a decir nada y continuará planchando la ropa nomás, sin problemas. Si conectás con la Internet verás si llegaron correos o no.

Alguno te puede interesar y otros no. Los autos siguen pasando. Ahora una motoneta por la calle de arriba del barranco, atrás de los coqueros de la parte de atrás.

Hoy leía en El lobo estepario, de Hermann Hesse, algo que en 1961 el autor colocara atrás del texto propiamente dicho, a guisa de postfacio.

Decía que muchos de los lectores de su libro que gustaron del mismo, apenas vieron un lado de Harry Haller, el personaje principal de la historia.

Dejaron de lado, decía, lo principal, lo numinoso, si es que es la palabra adecuada, el mundo intangible en que el Lobo vivía más allá de su dolor y de su sufrimiento, más allá de sus crisis y su soledad.

Hablaba Hermann Hesse de los lectores que se identifican con el libro, con el personaje principal. Decía, también, que el autor no puede decir cuál es la lectura correcta de su escrito, lo que me recordó Borges, que en algún momento dijo algo igual o semejante, casi igual.

Nadie puede decirle a un lector cuál es la lectura correcta, pero le dice. Y no hay ningún problema en decirle. ¿Por qué no le diría? Marx también podría decirle a muchos de sus lectores, que hicieron interpretaciones erróneas de la ideología, la alienación, la lucha de clases, la conciencia social, el individuo en la sociedad capitalista.

Acaba de pasar otra motoneta, y te dejo por un momento. Voy a ver si veo si llegó algún correo. Los libros no son sólo libros, es decir, objetos culturales o artísticos o informativos.

Son sentimientos, lugares afectivos, compañías.

No sé qué tiene que ver, pero lo quise poner y lo puse, no sé si me explico.

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