Sin Temer

13418784_10210209364849807_22773814977312141_nNoche en que el sueño parece haberse quedado un poco más allá. La mente va tejiendo, juntando, uniendo. El rompecabezas se va formando.

No hay palabras que no haya tenido que escuchar. Todas tienen sentido. Crucigrama. Mandálicamente, yo. Escribo y leo. Mato una cucaracha que intenta merodear impunemente. Temer ensucia la pantalla de TV. Menos mal que están los libros. Allí me puedo refugiar de cualquier cosa indeseable que pueda llegar a aparecer del lado de acá.

Nunca me canso de repetir que esto se lo debo a mis padres, que desde pequeños nos introdujeron a mí y a mis hermanos en este mundo mágico de la lectura, que después se hizo escritura, se sigue haciendo escritura lectura escritura. Lectura. Las letras unen lo disperso. Fragmentos se unifican en palabras.

Los libros que he ido escribiendo a veces son una sola palabra, una frase, una sensación. Un color. Reúnen historias y afectos. He ido rehaciendo mi vida a lo largo de las hojas escritas y leídas. Me rehago al leer escribir. Por eso Julio Cortázar y Machado de Assis. Y todos los otros escritores y las escritoras que fueron formando ese puerto de llegada y de partida.

Ese lugar de estar y de ser que es el leer escribir. Escribir leyendo. La noche se va haciendo día y entonces las letras van subiendo esa especie de cuesta del sol que a estas horas de la madrugada ya ha de estar siendo recorrida. Hasta que la luz aparezca en las ventanas y sepa que ya es de día.

Que hay otro día aquí y yo en él, en este pedazo de tiempo que va mirando a los recuerdos y a lo que está aquí. Entonces la jornada en Campina Grande otra vez. Una y otra vez. Como si fuera la imagen de un libro que uno va mirando página a página hasta ponerse en movimiento. Han pasado solamente algunas horas y parece que aún estoy en esa ruta.

Volviendo a casa. La gente escuchando las conferencias en el local del congreso de salud. Un congreso son todos los congresos. Un día son todos los días, es un único día. La imagen de la casa de la calle Julio Leonidas Aguirre vuelve con más nitidez. Infancia. Ya no es un recuerdo sino un lugar donde estoy.

Presencia. Azul. Celeste. Blanco. Verde. Los malvones en las macetas del patio. Las baldosas de mosaico ajedrez. Ese tiempo que no pasa. Tiempo feliz de la niñez. Eterno. Eternamente vuelve uno a ese tiempo detenido, inmóvil, pleno, feliz. De juegos en la acequia con barquitos. Y autitos en las rutas de barro que uno mismo hacía con sus manos.

El trompo azul. El auto rojo, que es una Ferrari. Las revistas mexicanas que intercambiábamos con los chicos del barrio. La higuera de la calle Juan B. Justo. “No tienen fin sus arduos corredores.” La frase de Jorge Luis Borges resuena.

Comentários

comentários